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Elogio y reproche de los políticos

La raza de los políticos (o la turba, la tribu, la clase o la casta; elíjase lo que corresponda) no es inseparable de la sociedad donde se asientan.

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Pocos escritores habrá tan contumaces como yo a la hora de criticar a los políticos, los de este Gobierno o los de los anteriores, los de la democracia y los del franquismo. Así me ha ido. Aunque tampoco tengo mucho derecho a quejarme, por lo mismo que las avispas no pueden evitar ir provistas de aguijones. A cada uno le proporciona la naturaleza los recursos para sobrevivir y medrar.

Llegado a este punto, preciso es reconocer que en todos los regímenes, gobiernos y partidos se encuentran políticos, no ya decentes, sino admirables. La raza de los políticos (o la turba, la tribu, la clase o la casta; elíjase lo que corresponda) no es inseparable de la sociedad donde se asientan. Por eso entiendo que los desafueros y tropelías que caracterizan a estos o esotros políticos son estadísticamente normales respecto al momento y lugar donde se perpetran.

Parece muy fácil personalizar los reproches en individuos concretos, cuyas efigies se reproducen por doquier. Lo difícil y meritorio es asignar los desaguisados al medio social donde se producen. Por ejemplo, el desvarío del separatismo catalán (racista e hispanófobo) no cabe atribuírselo en exclusiva a los gobernantes de Cataluña, sean o no forajidos. Son tipos humanos que se han criado en la sociedad catalana contemporánea y que, al manifestarse así, han obtenido muchos réditos. Han mamado la utopía del "nosotros solos", que, dicho en catalán, queda más propio. No es solo la divisa de los nacionalistas, sino un propósito que atrae a mucha gente. Traduce una inmensa inseguridad. Es una buena parte de la sociedad catalana la que no quiere ser española, o lo desea solo de forma aparente para beneficiarse todo lo que pueda. En su día lo hizo gracias a un arancel privilegiado y ahora mediante el famoso "diálogo". El cual consiste en que el Estado español deje mangonear en exclusiva a una colla de políticos que consideran que Cataluña es suya. Por eso insisten tanto en la aberración suicida que supone desplazar el idioma castellano de la vida pública catalana. Con su pan (con tomate) se lo coman.

Lo grave no es que tales exabruptos procedan libérrimamente de unos cuantos iluminados y totalitarios racistas (ahora se dice "supremacistas", que queda más lindo). Lo que debe preocupar a los catalanes sensatos, que son cerca de la mitad del censo, es que no se trata de un trastorno individual. Es el producto natural de un sistema educativo que se implantó en Cataluña hace una generacióny quizá también de una larga tradición familiar y cultural. Ya lo decían los escolásticos: "No se puede hacer querer no queriendo querer".

Quien dice el ejemplo catalán se puede fijar también en las miserias que arrastra la vida pública en Andalucía o en otras regiones (ahora se llaman "autonomías"). Los políticos que las manifiestan son una emanación natural de la sociedad que los ha parido. De ahí que resulte tan arduo vencer los obstáculos para levantar una vida pública más sana. Los culpables, de haberlos, somos todos los contribuyentes (ahora nos llaman "ciudadanos"). Lo que pasa es que, para tapar nuestras debilidades, las proyectamos sobre los políticos. Cierto es que ellos viven de nuestros impuestos y, encima, algunos de ellos, insaciables, roban mansalva. Pero también hay otros políticos que ejemplarmente se dedican a su vocación de servicio público. Los he conocido en el franquismo, en la democracia, en unos u otros partidos (ahora dicen "formaciones"). Utilizar el intelecto consiste ante todo en distinguir y comparar.

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