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Amando de Miguel

En defensa de la nación española

Es fundamental la idea de la nación española como una realidad histórica.

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Amando de Miguel - En defensa de la nación española
David Alonso Rincón

Con la polvareda de la campaña electoral "perdimos a don Beltrane", es decir, dejamos de interesarnos por lo fundamental. Bien estar que nos preocupamos por la salud individual, el bienestar de la familia propia, las satisfacciones que se derivan del círculo íntimo (amigos, colegas, vecinos, parientes, etc.) con el que coincidimos cotidianamente. Sigue siendo placentero que nos solacemos con los avatares de nuestro club de fútbol, con las competiciones deportivas de nuestro gusto, con las asociaciones a las que pertenecemos. Siguiendo esas ampliaciones en el radio que mide la circunferencia de nuestros intereses, llegamos por fin a la cosa pública.

Quizá sea un tanto fatigoso centrarnos en las ilustradas preocupaciones por el destino de la humanidad o el cambio climático. Pero podemos reconocer que nos resulta más hacedero acercarnos un poco más a las personas que comparten nuestra nación. Funciona también lo que antes se llamaba "patria chica", la localidad, la región, el paisaje de nuestra infancia y posterior desarrollo vital. En consecuencia, bien están las elecciones locales para elegir a los burgomaestres de nuestro pueblo. Todo eso representa un cúmulo de vivencias interesantes, pero insuficientes para una mente abierta.

Una abstracción legítima y útil es que los españoles nos sintamos europeos, como podemos identificarnos con los cristianos, con la amplia comunidad hispanoparlante o con la humanidad entera. Pero esas pertenencias más amplias se estrechan por la realidad de que el mundo se halla organizado en naciones. España es una de ellas, aunque quepa la paradoja de que algunos españoles no se sienten como tales. Al igual que hay bautizados indiferentes o ateos, también encontramos varones y mujeres que no se identifican con el sexo (ahora dicen "género") aparente que la naturaleza les dio. Todo lo cual no quita para que al final se destaque la identificación nacional, aunque sea para negarla. Una forma de negación es el nacionalismo, valga la paradoja. El nacionalismo (ahora dicen "soberanismo") significa hipostasiar la patria chica, la comunidad de la lengua familiar, el particularismo regional o local.

Es un hecho que ha habido (algunos dicen ahora "han habido") eminentes personajes públicos que se han interesado por el pasado y el porvenir de esa gran nación que llamamos España (que algunos llaman "Estado"). No está mal que sigamos cultivando esa hermosa tradición. No va contra nadie.

Todavía aparecen de vez en cuando los que a sí mismos se consideran "intelectuales", aunque muchos de ellos no pasen de escribir aburridas novelas más o menos eróticas, cantar canciones con mucho ruido o hacer películas subvencionadas. Tendríamos que ser algo más exigentes con el título del menester intelectual. Extiéndase a la dedicación de pensar sobre la nación a la que se pertenece, la sociedad en la que a uno le ha tocado vivir. En definitiva, sería bueno revitalizar la actividad del elenco de personas que se desviven por sus compatriotas en el amplio espacio del pensamiento, de la creación cultural.

Puesto que la nación es una realidad polémica, no nos importe decir que se impone una actitud de defensa de la nación, una posición reactiva (ahora dicen "proactiva"), que es la típica del trabajador intelectual o científico. Tan polémica es la cosa que la nación no equivale al censo de los ahora empadronados, sino que incluye también a los antepasados y a los que vinieron de otras tierras en el pasado para medrar en esta nuestra.

La disposición de ensalzar o menospreciar a la nación propia se convierte en una de las señales que distingue hoy a las ideologías políticas prevalentes. Hay también una izquierda separatista, la que no ve más allá del cono de sombra que proyecta la torre del campanario del pueblo de origen.

Es fundamental la idea de la nación española como una realidad histórica. Es decir, no basta con la referencia a los contemporáneos, sino a los que se consideraban españoles hace un siglo o varios siglos. Pocas naciones habrá en el mundo con tal espesor histórico como el que distingue a España. Lo cual no ha sido siempre una realidad pacífica o unánime. Españoles han sido también los rechazados y perseguidos por sus ideas o por otras circunstancias difíciles de alterar. Por eso hablamos también de "las dos Españas", siendo la última dicotomía la que provocó la guerra civil por antonomasia, todavía viva en el hipotálamo de la memoria colectiva de muchos españoles. No superaremos la guerra civil, sus planteamientos y consecuencias, mientras no reconozcamos al mismo tiempo el mérito de los sinceros defensores de cada una de las dos Españas. Por desgracia, seguimos alterando los nombres de las calles para evitar los apellidos franquistas o de derechas. Y es que vivimos en una España donde la izquierda cultural se ha hecho hegemónica. Se impone, pues, un decidido esfuerzo de patriotismo en la dirección conciliadora. El cual rechaza igualmente los particularismos y separatismos en la dirección de diluir o desvertebrar el sentimiento nacional español.

España seguirá siendo una realidad contradictoria. En nombre de la libertad, españoles seguirán siendo los que no quieren serlo. Desde luego es muy español desacreditar a España. Hasta ese punto resulta polémica y atractiva la actitud de defender intelectualmente a la nación española. Solo se exige desprender de algunos complejos e inercias, producto de la pereza mental.

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