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España violenta o violada

Mi modesta predicción es que, al paso que va la burra en España, veremos recrudecer la violencia extrema, en especial la relacionada con la política.

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La imagen estereotipada de la nación española, especialmente cuando aparece vista por los extranjeros, es la de una sociedad sobremanera violenta. La cultivan así los medios de comunicación al dar cuenta puntual de los uxoricidios (que llaman estúpidamente "violencia de género"), de los accidentes mortales de circulación, de todo tipo de noticias luctuosas. Queda al final la sensación de que sigue vigente la tradición de los amantes sádicos, los bandidos crueles, los parientes vengativos. Tanta es la fijación de tal imagen que podría extraerse la conclusión de que en España va en aumento la violencia sanguinaria. Mas no es así.

El análisis reposado de los datos, con una cierta profundidad histórica, nos lleva a la conclusión contraria. Si la comparamos con el pasado reciente o con los países culturalmente cercanos, la sociedad española se muestra relativamente pacífica. Lo que ocurre es que el pasado pesa, sobre todo si lo maneja la ideología.

Hasta después de la guerra civil de 1936, la España contemporánea ha sido testigo de una inusitada violencia. Los crímenes pasionales (el equivalente de la "violencia de género") estaban a la orden del día. De tanto en tanto se producían incursiones de diferentes partidas o facciones, algaradas de gentes disconformes, revoluciones, revueltas o cuartelazos en los que se armaba la gorda. Esa expresión se popularizó para el destronamiento de Isabel II, pero se utilizó muchas veces, sobre todo como expresión de un deseo, una expectativa. Era una España no solo aficionada a la tauromaquia, sino que en las corridas se repetía el grito de "¡más caballos!" cuando el toro despanzurraba el del picador. No creo que haya muchos países en los que se haya producido el hecho recurrente de quemar conventos o iglesias de tanto en tanto, incluso con el rito de fusilar santos, como ha sido el caso en la España contemporánea hasta la guerra civil.

Otra cosa es que el nuevo talante más bien pacífico vaya a ser estable o definitivo. Algunos hechos recientes, como el separatismo catalán, el terrorismo islamista o la invasión silenciosa y descontrolada de millones de inmigrantes extranjeros, apuntan hacia un cierto reverdecimiento de la violencia extrema. Repárese que, en los casos recientes de uxoricidio, tanto en las pobres víctimas como en los matachines, se da una proporción desusadamente elevada de inmigrantes extranjeros. Es un dato estremecedor que no suele airearse para evitar que el comentarista vaya a ser tachado de xenófobo, un pecado político de suma gravedad, casi tanto como el de animalista o machista. En cambio, feminista es una virtud, no entiendo por qué.

Mi modesta predicción es que, al paso que va la burra en España, veremos recrudecer la violencia extrema, en especial la relacionada con la política, y no me refiero específicamente al terrorismo. Vamos, que de nuevo se va a armar la gorda. Ojalá me equivoque, un riesgo inevitable en el oficio de imaginar vaticinios o presagios, antaño tan prestigiado y hoy venido a menos. Pero, como dice un personaje de Pío Baroja, el doctor Stolz (seguramente la contrafigura o trasunto novelesco del donostiarra), "si me quieren convencer de que mis ideas son absurdas, lo reconozco, pero sigo creyendo en ellas" (Las veleidades de la fortuna, 1922). No puedo remediarlo, mi mundo real se aproxima al de la literatura.

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