Menú
Amando de Miguel

La degradación del servicio público

Los servicios públicos, necesarios como son, se ven hoy desbordados.

Amando de Miguel
0

Se comprende el estado de incertidumbre en el que se sumen muchas actividades económicas y profesionales de lo que todavía pertenece al heteróclito sector privado. La culpa la tiene una misteriosa crisis económica. El hecho es que los servicios públicos, necesarios como son, se ven hoy desbordados. Los contribuyentes o administrados (oficialmente “ciudadanos”) acaban siendo los paganos de la representación.

Determinadas innovaciones organizativas (oficinas de atención al cliente, cita previa, consultas telefónicas, trámites por vía telemática, etc.) son solo parches de urgencia. En realidad, sirven para ocultar el pavoroso deterioro de las múltiples oficinas públicas. Cuando funcionan un poco mejor es porque se conserva un remanente de conciencia en los honrados funcionarios. Ya se sabe, en España, la improductividad se compensa con la simpatía. Es un sistema como otro cualquiera.

Costó siglos, en España, llegar al establecimiento de una alta burocracia pública. Hoy, la encontramos desarbolada. Los altos cuerpos de la Administración Pública se ven sustituidos por una turbamulta de asesores y otros altos cargos, que gozan del privilegio de haber sido nombrados a dedo. El sistema imperante es, pues, el asesorato, potenciado al máximo en las llamadas ‘comunidades autónomas’ (que no son ninguna de las dos cosas). Es el triunfo de la discrecionalidad, que en su extremo desemboca en la corrupción política. Los casos más flagrantes se han dado, casualmente, en la Administración local y regional. Es ahí donde se hallan menos presentes los altos cuerpos de funcionarios de carrera. El ejército de asesores se nutre de los premiados por sus servicios a los partidos políticos, por ejemplo, en las campañas electorales, cada vez más onerosas. Es lo que se llama spoils system, en el mundo anglosajón, donde hoy se considera una tradición superada. En España está en su apogeo.

El cuadro anterior se agrava con la particular coyuntura de la pandemia del virus chino, que dura ya ocho meses, aunque muchos nos tememos que se encuentra solo en sus comienzos. La penosa situación sanitaria ha generado el desmoronamiento de la economía, no solo de la turística. Empezamos a ver pacientes colas por doquier; son individuos que solicitan todo tipo de ayudas, atenciones, certificados y trámites ante las oficinas públicas y equivalentes.

La clase sanitaria se halla extenuada. Los hospitales no logran satisfacer la demanda de los enfermos, especialmente los que no pertenecen al dichoso diagnóstico del coronavirus. Muchos de ellos se ven arrumbados en las desesperantes listas de espera. Al final, esos otros enfermos, digamos, clásicos, también serán víctimas indirectas de la epidemia. Nadie lo tendrá en cuenta.

A todo esto, el “Estado benefactor”, que se dijo un día, se ha transformado, literalmente, en el continuo dispensador de pensiones, ayudas y subvenciones de todo tipo. Para ello se instala una complicada burocracia. Véase, por ejemplo, el plan circular que consiste en conceder descuentos con dinero público a los compradores de coches. En realidad, se trata de subvenciones indirectas a las empresas del ramo, todas extranjeras y perfectamente organizadas como un formidable grupo de influencia. Manejan incluso el falso argumento ecologista de que con tales ayudas públicas, al premiar más la compra de los coches eléctricos, se combate la contaminación. Lo cual no es cierto. Los coches eléctricos requieren una ingente producción de energía, que también contamina, aparte del derroche que supone la fabricación de las baterías y las operaciones de carga y de desecho. Es solo una ilustración del mal endémico que supone el sistema de un Estado alimentador de chiringuitos de toda especie. Es evidente que una Administración pública así concebida no puede ser muy productiva. Solo que, bien mirado, el efecto ni siquiera se mide. La cosa viene de lejos. Ya advirtió en su día Claudio Sánchez-Albornoz de la congénita afición de los españoles a un “Estado Providencia, taumatúrgico”, al cual se le echan todas las culpas y del que se esperan todos los beneficios. Con lo cual, la casa sin barrer.

En España

    0
    comentarios

    Servicios