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Amando de Miguel

La propaganda de la ideología dominante

El ejemplo perfecto de propaganda en la España actual es el de la hebdomadaria prédica de Simón, como vocero exclusivo para dar cuenta de la epidemia.

Amando de Miguel
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El ejemplo perfecto de propaganda en la España actual es el de la hebdomadaria prédica de Simón, como vocero exclusivo para dar cuenta de la epidemia.
EuropaPress

Resulta desproporcionada la ventaja que supone el Gobierno, frente a otras fuentes de ideas, argumentos o convicciones, a la hora de influir sobre la opinión pública. El Gobierno es, sobre todo, un eficaz ingenio de propaganda para convencer a los sufridos contribuyentes de que determinadas formas de pensar o actuar son las buenas. Es un propósito que se determina por sus efectos. Obsérvese que por todas partes se encuentran personas que razonan, piensan o se comportan de manera mimética con la ideología dominante, la que hace suya el Gobierno.  Se nota, por ejemplo, en las opiniones que vierten muchos periodistas, comentaristas, tertulianos, por muy independientes que se consideren a sí mismos. Es un fenómeno que empapa la mayor parte las “llamadas de los oyentes” en la radio o las personas entrevistadas, aleatoriamente, por las cámaras de la televisión.

Muchas de tales personas, afines a las prédicas del Gobierno, ni siquiera se percatan de tal identificación. Es más, puede que voten a partidos de la oposición o que no voten. El resultado es la general obsecuencia de una gran parte del pueblo respecto al Gobierno, como personificación de la ideología dominante, que es la progresista.

El hecho de la complacencia con las manifestaciones del Gobierno, de forma expresa o implícita, proporciona al sujeto una gran tranquilidad, un notable sentido de seguridad. Nada hay más placentero y común que conseguir una idea meliorativa de uno mismo, acorde con lo que resulta hegemónico en la vida pública. Es una identificación que no se produce solo en las personas con pocos años de estudios; afecta, por igual, a los doctores universitarios. Asombra comprobar que la apropiación de esas ideas mostrencas se traduce en que mucha gente las considere como originales o, al menos, propias. Ahí reside el éxito de la propaganda oficial, muy superior a cualesquiera otras formas de transmisión ideológica.

El efecto propagandístico se consigue, casi sin quererlo, mediante el difuso control, por parte del Gobierno y sus terminales, de los mal llamados “medios de comunicación”. Se dijo media, en inglés, (plural de médium), irónicamente, por la presunción de que había algo de magia en la transmisión de las ideas de forma generalizada y sistemática. Es tal la fuerza de la comunicación masiva, que hace mínimos los esfuerzos de las campañas electorales o los debates parlamentarios para que cristalicen ciertas formas de opinión. Junto a los medios de comunicación masiva, el sistema de enseñanza es también una buena vía propagandística. Nótese los denodados esfuerzos, que han hecho todos los Gobiernos socialistas en España, para emitir “leyes educativas”. La última es la más sectaria de todas; nos acerca a la situación de la izquierda en la II República.

Se me dirá que también hay un efecto de propaganda por parte de las ideologías minoritarias o, incluso, marginales. No lo niego. Pero sus resultados son insignificantes, cuando los comparamos con la acción del Gobierno actual, que se considera vocero del progresismo dominante. Por eso es tan tenue el efecto de verdadero cambio que puedan tener las elecciones en un sistema democrático. Siempre será mejor ese mecanismo que el autoritario del ordeno y mando, pero, como digo, su capacidad transformadora resulta endeble. No digamos ahora, después del ejemplo de las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. En la democracia más genuina del mundo también pueden manipularse los resultados electorales.

El ejemplo perfecto de propaganda en la España actual es el de la hebdomadaria prédica de Fernando Simón, como vocero exclusivo para dar cuenta de la epidemia del virus chino. Enredado en sus muletillas (“obviamente”, “si bien es cierto”, etc.) cumple muy bien el principio desinformador de blurring in complexity”. Es decir, confundir con un amasijo de datos y de evidencias. Una muy chusca: afirmar que unas regiones se encuentran por encima de la media nacional de lo que sea, mientras que otras se hallan por debajo de esa media. Lo dice, enfáticamente, como si fuera un descubrimiento. ¿Dónde habrá estudiado estadística este descorbatado doctor?


 

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