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Amando de Miguel

Lo último sobre la epidemia

La desmedida extensión de la epidemia en España hace que queden desatendidos muchos enfermos con otras patologías, digamos, clásicas.

Amando de Miguel
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Una reacción del poder político, con amplios resabios despóticos, es dar la mínima información cuando llega una catástrofe, sea natural (epidemia) o provocada (guerra). Este es el caso con la actual epidemia (pandemia para el mundo) del virus chino. Se empieza por ocultar la circunstancia del origen. Y es lástima, pues, si conociéramos los detalles de su primer desarrollo en China, más cerca estaríamos de la ansiada vacuna. De momento, la panacea de la vacuna se sitúa ad calendas graecas. Es decir, cuando llegue, el virus habrá mutado, pues parece asaz inteligente.

La ocultación mayor, más, incluso, que en el caso de las guerras, se manifiesta en el cuidado oficial con que se evita dar cuenta de los fallecimientos, entierros y velatorios. La vergüenza es mucho mayor que en los casos de atentados terroristas.

Se necesitaría saber, con detalle, la incidencia de la epidemia en los centros de enseñanza, los ahora abiertos. Quitando la preocupación de Luis del Pino, en esRadio, sobre el particular, en todos los demás medios destaca la falta de curiosidad por esta cuestión. Supongo que no se recogen bien las estadísticas básicas.

En general, se divulgan, por todos los medios, las medidas que se adoptan para tener controlada la epidemia. Pero no se sabe bien qué resultados han tenido tales determinaciones. Tampoco es que las decisiones profilácticas sean muy coherentes. Por ejemplo, se comprende la prohibición de que se reúnan más de seis personas, aunque otras regulaciones hablan de diez. Sin embargo, la norma se incumple, abiertamente, en los transportes públicos, en las manifestaciones o concentraciones callejeras, en ciertos locales de ocio (casinos, salas de apuestas, etc.). Más escandaloso es que la regulación no rija para los centros de enseñanza.

La gran frustración es que el abanico de precauciones sobre la conducta colectiva, transformadas en normas, no parece haber servido de mucho. La epidemia en España sigue rampante con mascarillas, lavado de manos y distancia de seguridad. Siempre se podrá redargüir que sin las reglas existentes la incidencia de la enfermedad habría sido todavía mayor. Pero el argumento contrafactual se acerca a la falacia.

La nuda realidad es que el alcance de la epidemia no remite en España; antes bien, nuestro país registra las cotas máximas de contagio en Europa. (Por cierto, ¿no se podrían dar, siempre, los datos de la epidemia en términos por habitante?). No cabe achacar un resultado tan adverso a que los españoles somos particularmente irresponsables, como se encarga de remachar la propaganda oficial y la oficiosa.

No se dice lo fundamental: que, en la época científica en la que estamos, no se sabe cómo atajar la enfermedad del virus chino. Las recomendaciones o prohibiciones que existen son las que podrían haber funcionado en tiempos de nuestros tatarabuelos. Seguimos estando más cerca de la magia que de la ciencia.

La desmedida extensión de la epidemia en España hace que queden desatendidos muchos enfermos con otras patologías, digamos, clásicas. No serán pocos los que fallezcan por tal desatención. Son las víctimas indirectas de la pandemia. Sobre el particular reina un ominoso silencio.

Puestos a adoptar soluciones prácticas, parece mentira que, en España, ni siquiera funcione un comité permanente de expertos, en epidemiología y ciencia afines, al servicio de las autoridades sanitarias. Se dijo que se había formado un grupo de expertos, pero todo era una filfa, una más. No sería difícil organizar tal organismo. Son muchos los catedráticos e investigadores sobre la materia que ejercen en España. Por qué no se recurre a ellos, colectivamente, de forma organizada, es otro de los misterios no resueltos.

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