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Los terroristas, el problema irresoluble

No sé si en Europa el problema del terrorismo (o mejor, de los terroristas islámicos) no se puede o no se quiere resolver.

Amando de Miguel
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Cordon Press

No sé si en Europa el problema del terrorismo (o mejor, de los terroristas islámicos) no se puede o no se quiere resolver. Existe una cierta soberbia intelectual al pensar que todos los problemas tienen solución, pero en las matemáticas y en la vida hay algunos irresolubles. Respecto al fanatismo de la guerra santa musulmana, al menos cabe rebajar algunos de sus efectos más desastrosos con un poco de cabeza, aunque el coste parece ser creciente.

En primer lugar, hay que pensar que la llamada lucha contra el terrorismo no se debe llevar a cabo dentro de los Estados nacionales. Lo que pasa es que la cooperación internacional en este terreno deja mucho que desear, incluso, como hemos visto, entre el Reino Unido y sus aliados. Ya en un plano más práctico, resulta estúpida la decisión de abatir a los terroristas en cuanto se les ve actuando. Mejor sería disponer de buenos tiradores para reducirlos vivos, aunque heridos. De esa forma constituirían una valiosa fuente de información. Es claro que nos encontramos ante una guerra en la que la comunicación adquiere un papel primordial. Por todo lo anterior se impone la decisión de que las operaciones antiterroristas las lleven a cabo fundamentalmente los militares, no los policías. Lo que parece ridículo en extremo es que en Inglaterra haya todavía policías que no lleven armas. Por cierto, se ha caído el mito de que la Policía británica es la mejor del mundo. Tampoco han salido muy airosos los servicios de Inteligencia del Reino Unido, antaño modélicos.

La tesis de que hay que cerrar las fronteras a los inmigrantes o refugiados musulmanes se muestra sobremanera ingenua. Los recientes atentados de Inglaterra revelan que los terroristas ya están dentro, incluso han nacido y han sido educados en el Reino Unido. Lo cual no contradice la idea suprema de que las tropas de la guerra santa se localizan en diversas naciones. Precisamente es esa extensión universal lo que hace imprescindible la lucha antiterrorista a escala internacional. Ya existe la ONU, pero nunca se había visto una burocracia tan amplia y tan inútil. De manera especial, los llamados cascos azules constituyen la fuerza más inoperante de la Historia.

Más inútil es la respuesta a los atentados terroristas cuando apela a la "unidad". Es una muestra de la retórica vana que se emplea cuando los asuntos políticos no se comprenden bien. Qué más quisiera la población que percibir que sus políticos todos están por la labor de acabar con la amenaza terrorista. Pero en la práctica se les ve muy despistados, los pobres. Especialmente resulta patética la respuesta a un atentado: le dedican una "enérgica condena" o algo parecido. Es la fórmula para quedar bien, pero la verdad es que ese tipo de frases anulan cualquier decisión sensata.

Particularmente nefasta es la idea generalizada de que Europa es culpable de las matanzas de los islamistas al haber provocado los Gobiernos conservadores ciertas guerras o invasiones. Suelen citar las de Iraq o Afganistán. El razonamiento resulta pueril por circular. Si nos encontramos ante una situación bélica, no parece racional acusarnos de cargar sobre el enemigo. Lo que ocurre es que el tal enemigo nos parece muy útil para proveernos de drogas alucinógenas o de petróleo.

En el fondo lo que funciona en Europa es un extraño complejo de inferioridad ante la cultura musulmana, que se encuentra ya funcionando entre nosotros. Europa pasa por alto que ningún país de predominio islámico es verdaderamente una democracia. A pesar de la primavera árabe, no hay indicios de que pueda aceptarse en ellos un régimen parlamentario moderno. Son muchas las expresiones de ese complejo de inferioridad. Por ejemplo, en Europa se erigen imponentes mezquitas, pero se prohíbe el funcionamiento de las iglesias cristianas en muchos países musulmanes. Es corriente que en Europa se vigilen los menús de las comidas colectivas (colegios, aviones, trenes) para que no se presenten los platos que lleven carne de cerdo. No se justifica fácilmente tal protección a unas costumbres que resultan exóticas en la vida europea. Hace poco hemos visto que algunos políticos de la izquierda española felicitaban a la comunidad musulmana por el comienzo del ramadán. Son los mismos que han logrado erradicar de la vida española algunas fiestas de la tradición cristiana, como el Corpus. Algún presidente de una comunidad autónoma ha salido ahora con la gansada de que va a suprimir las vacaciones escolares de Semana Santa. No sé si prosperará la idea de que la Navidad es realmente para los progresistas la fiesta del solsticio de invierno. Todavía no ha llegado la ley que prohíba imponer nombres de santos a los recién nacidos, pero todo se andará. ¿No nos habremos vuelto locos?

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