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Minuta para unas elecciones

No se debe hacer mucho caso a las encuestas cuando las entrevistas se hacen sin una fecha segura y cercana de los comicios.

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Comienza (ahora dicen "arranca", con una idea un tanto mecanicista de la vida) un nuevo curso político. Lo nuevo es que el actual Ejecutivo no es capaz de gobernar con soltura; su posición en las Cortes es la más precaria de toda la historia democrática. De ahí que el Gobierno nos entretenga con rectificaciones constantes y con decisiones retóricas o simbólicas, por ejemplo, para hacer una España feminista. Áteme usted esa mosca por el rabo.

Lo que sí parece más seguro es que, diga lo que diga la portavoza del Gobierno, su presidente no va a tener más remedio que convocar elecciones generales. ¿Cuándo? Ni él mismo lo sabe, decretazo va y decretazo viene. Por su gusto, al hombre le gustaría seguir así hasta la edad de jubilación, tanto le privan las mieles del poder. Pero no caerá esa breva. La predicción razonable es que, más pronto que tarde, tendremos elecciones generales. Hay que estar preparados.

Primero y principal, no se debe hacer mucho caso a las encuestas cuando las entrevistas se hacen sin una fecha segura y cercana de los comicios. Segundo, no hay que impresionarse por el partido que dicen los encuesteros que va a ganar para sumarse al caballo ganador. Sería una actitud idiota, irresponsable por autocomplaciente.

Como principio ético, siempre será mejor votar que abstenerse, pero también más vale no votar que hacerlo por inercia, por azar. El voto auténtico es que se realiza a conciencia, al menos el que se piensa un poco. El voto más absurdo es el nulo (en broma) o en blanco. Pero a todo hay derecho. Votar no es una obligación.

Es necesario hacer un esfuerzo para abandonar el lugar común de que "todos los partidos son iguales"; se entiende, igualmente malos. Tampoco se hace imprescindible que se elija siempre la papeleta del mismo partido, con independencia (ahora se dice "más allá de") de los nombres que en ella figuran impresos. Esa conducta inercial, cómoda, se disfraza de la propensión a "votar siempre a los míos", los de cada uno. Por desgracia, esa es una actitud muy común en España. Revela una escasa dosis de cultura democrática.

Mi consejo es que el voto se decida en los últimos días previos a los comicios. La razón es que así se puede uno documentar bien de lo que significan los distintos candidatos. Lo curioso es que, una semana antes de las elecciones, no se pueden publicar encuestas. Es un resto autoritario como tantos otros.

Comprendo que el voto se determina por la identidad entre la ideología del partido en cuestión y la que siente por dentro el votante. Pero hay veces en que tal correspondencia resulta difícil de aplicar. Los votantes no tienen por qué ser duchos en ciencia política.

Se puede trazar un perfil del candidato ideal, si es que pudiéramos elegir a personas y no, como sucede, a las malditas listas cerradas. A mí me agradaría dar mi voto a un candidato que se propusiera suprimir los coches oficiales o al menos no incrementar el parque de coches de alta gama al servicio de los gerifaltes. Como esa condición no es muy hacedera, me avengo a otra más sencilla: apoyar al candidato que no tenga por costumbre leer los discursos o las declaraciones.

No me impresiona que el candidato de mis preferencias sea varón o mujer, joven o viejo, guapo o feo. Son circunstancias vitales que no sirven como méritos.

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