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Amando de Miguel

Sobre los menas

Llegan a España por todos los medios, legales o ilegales, con el ánimo de que aquí van a ser inmediatamente subvencionados.

Amando de Miguel
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Llegan a España por todos los medios, legales o ilegales, con el ánimo de que aquí van a ser inmediatamente subvencionados.
EFE

Nos salta un nuevo acrónimo, que en poco tiempo se han hecho muy popular: menas, esto es, "menores extranjeros no acompañados". No son niños sino adolescentes. Se suelen acoger en centros de tutela, que vienen a ser el equivalente hodierno de las escuelas de rateros que inmortalizó Dickens. Llegan a España por todos los medios, legales o ilegales, con el ánimo de que aquí van a ser inmediatamente subvencionados.

El fenómeno hay que interpretarlo en el más amplio contexto de las migraciones o movimientos espaciales de la población. Europa fue siempre un continente de emigración; hoy lo es de inmigración. A la larga, las migraciones son más bien una bendición, tanto para las zonas emisoras como las de llegada de los inmigrantes. Pero a la corta, cuando la corriente resulta impetuosa y descontrolada, los inmigrantes poco o nada integrados en la sociedad de recepción pueden llegar a bordear la delincuencia. Aun sin llegar a ella, pueden llegar a plantear bastantes desarreglos de integración social.

España viene registrando desde hace décadas una tasa desorbitada de inmigración ilegal. Lo cual significa, de entrada, un coste extraordinario en dinero público. La razón es que normalmente los inmigrantes de ese estilo no se mueven tanto en busca de oportunidades de trabajo; más bien exigen todo tipo de ayudas de lo que podríamos llamar "asistencia social". Lo extraordinario es que cuentan con el apoyo de casi todos los partidos políticos. Solo Vox se atreve a insinuar que ese alto coste social va a provocar fuertes tensiones. Estos días se ha destacado un dato anecdótico que prueba lo que digo. En Huelva y Cádiz no se cubren las plazas para recoger la fresa en la campaña que va a empezar. La misma resistencia se podría encontrar en la recogida de otros productos agrícolas en diversas partes de España. Algo no funciona.

La problemática de la inmigración ilegal se complica con los llamados menas, en situación mal definida. No se asignan a familias establecidas, sino que se les agrupa en una especie de instituciones totales, una mezcla de reformatorios e internados. Es claro que tal etiqueta acaba precipitando muchos casos de delincuencia y de marginación social.

El problema se podría atajar con una política inmigratoria ordenada y selectiva, canalizada principalmente a través de consulados y embajadas en los países que expulsan población. Debe primarse la entrada de inmigrantes iberoamericanos por razones obvias.

La ideología prevalente del progresismo o buenismo hace ver que la inmigración no plantea ningún problema social e incluso los resuelve. Una vez más, las ideologías chocan contra la realidad.

Vale la pena detenerse en el contraste histórico que supuso la emigración de los indianos españoles, hace más de un siglo. Se dirigían principalmente a Cuba, Argentina y otros países hispanoamericanos, entonces con gran demanda de personas dispuestas a trabajar. Los indianos españoles, principalmente del norte de España, eran muchas veces ilegales, al evadirse del servicio militar. Pero solían estar subvencionados por las fuerzas vivas de las aldeas de origen, con la esperanza de que hicieran fortuna y devolvieran con creces tales ayudas. Es algo que realmente sucedió en muchos casos. Es un honor rescatar la memoria de los fundadores de Galerías Preciados y de El Corte Inglés, relacionados familiarmente entre ellos, que empezaron un día como modestísimos indianos en Cuba. Merecen un homenaje nacional.

Pero lo que ahora nos acucia es la resolución de ese trauma de los menas. No tienen una solución fácil. Sería mejor no compartimentarlos en las diversas autonomías, sino contemplar su situación a escala nacional. Me temo que sea algo así como pedir cotufas en el golfo.

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