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Todo el año es campaña electoral

El estar en campaña facilita la operación que más les gusta a los candidatos: prometer el oro y el moro en el caso de ser elegidos, y no digamos si consiguen gobernar.

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"El mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval", que escribiera Mariano José de Larra hace un par de siglos. Ahora se podría replicar como "En España todo el año es campaña electoral". Es una gozosa celebración que le viene bien a muchas personas: políticos, periodistas, comentaristas, empresarios que organizan actos oficiales, encuesteros, etc.

Todo se deriva del extraño privilegio que las leyes otorgan al Ejecutivo para determinar la fecha de las elecciones. Obsérvese que decimos siempre "elecciones" en plural, aunque nos refiramos a una. En otras lenguas cercanas se dice en singular: la elección. Ese plural tiene algo de fiesta para nosotros. Así es en otros muchos ejemplos: las vacaciones, los carnavales, los sanfermines, las Navidades, las fiestas del barrio o del pueblo, entre otros holgorios.

En efecto, las campañas electorales son una especie de fiesta. Empiezan por el juego de determinar la fecha de los comicios (también en plural), de modo que sea óptima para el Gobierno de turno, según lo que le avisan las encuestas. Eso hace que antes de la campaña electoral propiamente dicha los políticos se vayan situando en la precampaña. Nos gusta muchos el pleonasmo de la precampaña, el preaviso, el precontrato, la precondición.

Al entrar de lleno en la campaña, los políticos se acogen a la excusa perfecta para no sentarse a trabajar en sus respectivos despachos. Lo que les gusta es moverse todo lo posible y aparecer constantemente delante de cámaras y micrófonos, caciquear, hacer declaraciones, ser entrevistados. Lo suyo es más bien una actitud deportiva.

El estar en campaña facilita la operación que más les gusta a los candidatos: prometer el oro y el moro en el caso de ser elegidos, y no digamos si consiguen gobernar. Dado que el aumento del gasto público acaba repercutiendo en la subida de los impuestos, los candidatos advierten que la tal es para mejorar la educación, la sanidad y los servicios sociales. Al parecer todo eso lleva mejorando año tras año. Así que es de suponer que nos encontremos en el mejor de los mundos.

Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que Pablo Iglesias (el auténtico) determinó que los dirigentes de la UGT y del PSOE solo deberían reunirse con otras personas en los locales del sindicato o del partido. Ahora, en las campañas electorales, los políticos se reúnen en los reservados de los restaurantes de postín. Las múltiples reuniones se concretan en una continua degustación gastronómica pagada silenciosamente por el contribuyente.

Esto de las elecciones acaba siendo un juego de win-win, que se dice ahora. Esto es, todos parecen ganar. De ahí la euforia general que se produce en todos los cuarteles políticos. Claro es que el resultado electoral facilita que unos gobiernen y otros queden a la espera en la oposición. Pero todos los políticos, ganen o pierdan, adquieren automáticamente el estatuto de privilegiados. El más claro indicio de ese ascenso es que a los políticos con escaño parlamentario se les abren muchas oportunidades para hacerse ricos o para hacerse más ricos. Para el caso resulta irrelevante que se digan de izquierdas o de derechas, progresistas o de centro.

Cierto es que todo lo dicho se refiere más bien a los partidos establecidos, los que tienen más poder o bastante influencia. Puede que alguna vez cambie el panorama y los políticos sean verdaderamente servidores públicos. Pero esa transformación sería tan radical que exigiría un cambio, no ya de Gobierno, sino de régimen político. Áteme usted esa mosca por el rabo.

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