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Votos o escaños, dos aproximaciones

Si las encuestas dan a Vox el 10% de los votos, en el escrutinio de las urnas puedan alcanzar el 20%.

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EFE

Los debates y comentarios políticos en el dilatado lapso de la campaña electoral se concentran de manera obsesiva en la disquisición de cuántos escaños parlamentarios va a conseguir cada partido. Es el legítimo punto de vista de los que quieren mandar, sea gobernando o en la oposición, y tiene tal fuerza que desplazan a otras muchas cogitaciones. Me parece una reducción excesiva, por interesada. Si en algún momento debe contar el punto de vista del vecindario es en el ritual de unas elecciones. La grandeza de una democracia reside en el principio de que todos los votos valgan lo mismo. Nunca se consigue ese ideal, pero es posible aproximarse más o menos a tal pretensión.

Las encuestas, con su aparente y llamativa precisión, van en ayuda de esa preocupación de los partidos por anticipar cuántos escaños va a ocupar cada uno. Sin embargo, hay una discusión mucho más interesante para la opinión pública. Con los mismos datos previstos de las encuestas y luego con los definitivos del escrutinio en la noche electoral podemos dibujar la traza más interesante: la proporción de votos que consigue cada partido. Ahí es donde se manifiesta el verdadero peso del electorado. Existe una fórmula (ahora se dice "algoritmo") para relacionar con exactitud el número de votos con el de escaños a la escala de cada una de las 52 circunscripciones. Pero de todos es sabido que no se trata de una relación lineal o sencilla. Los constituyentes de 1978 establecieron la Ley d’Hondt, por la que resultan favorecidos en escaños los partidos con más votos (últimamente PP y PSOE) y los que los concentran en unas pocas provincias (los nacionalistas vascos y catalanes). En cambio, la proporción de votos (del total de papeletas válidas) nos señala de forma mucho más certera la significación de cada partido. Así se entenderá lo taimada que resulta la figura del llamado "voto útil". Consiste en que convencer a los seguidores de un partido pequeño para que se decidan a escoger la papeleta de un partido grande. La campaña del voto útil se dirige propiamente a los presuntos votantes de Vox, que en buena parte son antiguos seguidores del PP. Por eso mismo, en el caso de Vox, interesa de manera especial el número de votos que va a conseguir. Importa menos que con ello se quiten algunos posibles escaños al PP.

Lo verdaderamente significativo es el porcentaje de votos que va a recibir cada partido, pero siempre que el dato se aplique a varias provincias, cinco por lo menos. En ese caso hablamos propiamente de partidos nacionales. Si los votos de un partido se concentran en menos de cinco provincias, el partido en cuestión no será tal sino más bien un grupo de presión. Puede ser muy efectivo; no hay más que recordar el caso de Coalición Canaria. Ese sí es de verdad el voto útil, como se ha visto en la pasada legislatura. Supongo que los astutos líderes de Coalición Canaria nunca han pretendido representar los intereses de todos los españoles.

En España operan legalmente cientos de partidos, pero hoy solo hay cinco que pueden calificarse como verdaderamente nacionales. El quinto es Vox, que seguramente se estrenará con el nuevo Parlamento. Ya se sabe que en todas las circunstancias los veteranos suelen mirar con resentimiento a los novatos. No es suficiente que Vox salga perjudicado con la Ley d’Hondt. Se impone en la realidad que sea el blanco preferido del prejuicio negativo. Se nota en el tono general, tan despreciativo, de los comentaristas en los medios. La satisfacción de los voxeros es que, si las encuestas les dan el 10% de los votos, en el escrutinio de las urnas puedan alcanzar el 20%. Si no llegan a ese techo es porque ha funcionado la bellaquería de la campaña del voto útil. Si lo superan será la definitiva decadencia del PP.

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