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24-M: ¿ganó o perdió el independentismo?

El cuento de la independencia empieza a despertar a poblaciones del cinturón industrial de Barcelona, donde reside la mayor parte de la población de Cataluña.

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¿Han salido reforzadas o debilitadas las teorías secesionistas de las elecciones municipales del 24-M en Cataluña? Vayamos a los datos evaluables:

- El secesionismo ha logrado ganar en el 74% de los municipios de Cataluña, pero a nivel de votos sólo representan el 25% del total. Es la Cataluña interior, la más catalanista y sujeta a la presión ambiental, y también la más beneficiada por la ley electoral en autonómicas y generales. No lo sería en un referéndum porque imperaría el principio un hombre, un voto.

- Los partidos que optaron claramente por utilizar estas elecciones municipales como plebiscitarias, ERC y CUP, están por detrás de C's en Barcelona, la capital de su nación, y sólo suman 8 concejales de los 41 posibles; mientras el partido de Ada Colau, ganador, con 11 concejales, procuró no implicarse en el tema soberanista. Sin embargo, todos sabemos que los 10 concejales de CiU y los 4 del PSC seguirán jugando en el campo del derecho a decidir, ambigüedad que solo abona la hegemonía social del secesionismo.

- La ambivalencia no se queda ahí: el número de votantes de opciones separatistas declaradas o camufladas es mayor que la suma que consiguen C's, PSC y PPC, pero curiosamente esa cifra no logra alcanzar la lograda en el pseurreferéndum del 9-N. Dicho de otro modo, el voto separatista no ha llegado siquiera a un tercio de la población con derecho a voto, a lo que sí se acercó aquel fraude democrático.

Vayamos a las percepciones psicológicas:

- La pérdida de la capital y el estancamiento del voto independentista han dejado en el colectivo nacionalista una sensación de derrota. El propio Artur Más lo dejaba patente en su recriminación a Ada Colau por no "haberse definido" sobre el proceso soberanista ni haber "formado parte de los acuerdos" y de la “hoja de ruta”. Sin embargo, lo cierto es que, desde la misma noche electoral, Colau no ha dejado de hacer guiños a esa hoja de ruta. Desde estar dispuesta a sumarse a la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI) y reunirse con la ANC, a dar todo tipo de facilidades a las CUP y ERC para formar una coalición en el Ayuntamiento de Barcelona, presidida por el irrenunciable objetivo de convertirla en la capital del nuevo Estado. Es la eterna y viscosa argamasa del derecho a decidir que une a secesionistas y a los que no se atreven a confrontarlos, pero que al final solo abonan la pedagogía del odio contra España. Si sumamos a ello la propuesta de la monja Teresa Forcades para encabezar una coalición con la fórmula ganadora en Barcelona, la BComún de Colau (compuesta por Podemos, ICV-EUiA y Procés Constituent), más la CUP y ERC, bajo el nombre de Capgirem Catalunya en Comú, veremos la capacidad que tiene el catalanismo para enredar todo y a todos en sus objetivos secesionistas. Gemma Ubasart, secretaria general de Podemos, ya ha dejado claro que está por la “autodeterminación” y por una “coalición social y política” con vistas al 27-S.

- Por primera vez un grupo radical de izquierdas está dispuesto a gastar el dinero en cuestiones sociales: desahucios, comedores sociales, alquiler de vivienda social, etc. Han hablado de reducir sueldos, quitar la subvención de 4 millones de euros al circuito de Fórmula 1 de Motmeló para dedicar ese dinero a becas de comedor, pero ni una palabra sobre los millones invertidos en construcción nacional y manipulación política, como el museo del odio del Borne, la deuda de TV3, las subvenciones a prensa y entidades secesionistas, etc. Un reto que me tiene intrigado. A ellos, a punto del pasmo.

- Y una última cuestión, el cuento de la independencia empieza a despertar a poblaciones del cinturón industrial de Barcelona, donde reside la mayor parte de la población de Cataluña. Es sintomático que en Santa Coloma de Gramanet CiU y ERC hayan perdido sus concejales. Eso mismo pasa en muchas más; y en el mismo Hospitalet de Llobregat CiU sólo logra uno. Quizás los indicios más evidentes de que el independentismo empieza a perder credibilidad, o a provocar rechazo en espacios obreros, de castellanohablantes nacidos fuera de Cataluña o hijos de otras partes de España.

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