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¿De qué va esta guerra?

Inaudito el chantaje, chabacano el atrevimiento. Casi tanto como la amenaza del violador: si no te bajas las bragas y colaboras, podrá ser peor.

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Saben que esta guerra no la pueden disputar con armas, por eso infectan consciencias. Saben que no podrán hacer la consulta, pero hacen todo lo posible por simular que la harán. Saben que están engañando a la gente, como saben que el revés inevitable provocará inestabilidad y mucha ira. Es lo que persiguen, crear la ilusión de la consulta, arrastrar a la gente al espejismo de un Estado propio, convencerla de que nadie podrá impedirlo, y finalmente, provocar el mayor revés. Cuanto mayor, mejor. Son maestros del simulacro y de la manipulación, saben que un pueblo poseído por un sueño se entrega sin reservas.

No están locos. Son tan fríos en el cálculo, como tenaces en inflamar las emociones que ciegan a sus seguidores. Se trata de crear las condiciones para provocar una gran frustración y después gestionarla. Pirómanos y bomberos. Nadie les pedirá cuentas por la estafa; muy al contrario, tendrán al rebaño dispuesto a exigir el derecho a votar que España les ha negado. El "España nos roba" se transformará en "España no nos deja votar". El catalanismo como salvoconducto, como campo único de juego donde se hereda y reparte el poder. La escalera de color soñada por los amos de la masía (la casta), que les ha permitido gobernar Cataluña estas últimas cuatro décadas en nombre de ese linaje. Ebrios del éxito, han querido sellar la exclusividad de ese relato a base de aumentar la dosis de resentimiento contra España, y en su defecto, romper la baraja y quedarse con el botín de la ruptura. El desastre previsible no lo será para todos, nunca para sus gestores, pues es bien sabido que la construcción de un nuevo Estado requiere de estructuras complejas que pasarían a ser colonizadas por los gestores de la estafa. Al resto, que le zurzan.

En uno u otro caso, gana la banca. Y sigue el teatro. En esta ocasión con total desvergüenza: En los dos recursos que han presentado ante el Tribunal Constitucional para que levante las medidas cautelares que paralizan el 9N, han tenido la desfachatez de hacer responsable al alto tribunal de los posibles brotes de violencia si no se aviene a permitir el referéndum. El chantaje no puede ser más burdo: Si el pueblo de Cataluña es privado de su derecho a votar - le recuerdan -, se podría estar alimentando "el desprecio público por la democracia parlamentaria, el extremismo político e incluso la violencia". Inaudito el chantaje, chabacano el atrevimiento. Casi tanto como la amenaza del violador a su víctima: si no te bajas las bragas y colaboras, podrá ser peor. Todo un detalle.

Paralizan la puesta en marcha del 9N pero alientan a los rebaños de la ANC para que agiten las calles. Se trata de ir ganando musculatura social. Con la paciencia que haga falta. Es una cuestión de tiempo. Escuelas, instituciones sociales y medios públicos de comunicación están al servicio de la causa. Dinero no hay, pero para el proceso, sobra. Se trata de esperar hasta conseguir disponer de una mayoría irreversible, suficiente para irse de España. Mientras llega el día, viven de gestionar la amenaza. Eso es todo.

Mientras España siga dejándose enredar con el falso proceso democrático que nos venden por fascículos, más irreversible se hará el proceso revolucionario que tienen en marcha. Con él tapan la corrupción y la quiebra económica de los servicios sociales de Cataluña. ¡Ay! si los soldaditos de colores de la "V" catalana se plantaran ante el palacio de la Generalidad para pedir cuentas por los recortes sociales y la quiebra económica, en lugar de salivar con cada mensaje de TV3.

En lugar de eso, quieren ganar el partido aunque sea en el último minuto y con un penalti injusto. En esa emoción se resume toda la argumentación jurídica, política y ética de quienes están empeñados en robar al resto de españoles su derecho a decidir el destino de su país. Han perdido toda vergüenza. No perdamos el resto, la nuestra.

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