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Antonio Robles

El día que lloraron los almendros

Cuando me enteré de que le habían detectado el coranovirus, temí no encontrarla al llegar el próximo verano.

Antonio Robles
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Aturdidos por las estadísticas de infectados y muertes, pasan desapercibidas las tragedias personales de quienes pierden cada día a un ser querido en el frío silencio de los números. ¡Qué solos se quedan los muertos!

Ayer murió la señora Aurora. Hoy la enterraron en la más absoluta soledad en un cementerio vacío. Sin sus hijas, sin sus nietos, sin sus vecinos y amigas de toda la vida, sólo dos trabajadores de la funeraria y José, su yerno, con mascarilla, a rastras con la pena de todo un pueblo que no pudo acompañarla.

Su hija Delia, convaleciente también y derrotada por el dolor, ni siquiera pudo asistirla en sus últimos momentos. ¡Qué solos se mueren nuestros abuelos cuando más necesitan sentir nuestra presencia!

Es normal que a usted la señora Aurora no le diga nada. De hecho, para la prensa sólo fue la primera víctima del coronavirus en Zamora. Era mi vecina, la última vecina de la calle donde nací, sobreviviente de un barrio donde ya han muerto todos. Ella era la memoria de mi niñez, la que me recordaba al volver cada año la época más feliz de mi vida.

La señora Aurora era una persona buena, una abuela adorable. Pared con pared, siempre aparecía con unos tomates de temporada; algún que otro huevo o leche de cabra. "Anda, hijo, llévaselo a tu madre". Esa bondad natural que tanto echamos a faltar hoy.

Ya de mayor, el cariño se convirtió en ternura. Nada más llegar al pueblo por vacaciones, sin darme tiempo a bajar las cosas del coche, mi hija de 5 años me tiraba de la mano para que la llevara a ver el burro de la señora Aurora. Encantada, la cogía de su manita y la acercaba al borrico. La subía, y le daba una vuelta. Y María, menuda como un suspiro, se agarraba a las alforjas feliz y contenta. Desde entonces, a sabiendas del deseo de la niña, la llevaba subida al borrico a coger huevos al corral de las gallinas o algún tomate del huerto. Ayer, cuando se enteraron ella y su hermana Zara, no se lo podían creer. "Pobrecita, con las personas malas que hay en este mundo, ha tenido que ser ella…".

Mi pueblo está en un berrocal de peñas, abismos y cielos. Nuestras casas comparten pared, y la calle la cubre una lastra donde sólo nacen el musgo y los líquenes. Pero hace unos años surgió de una de sus grietas el brote de un almendro. Lo empecé a regar con su complicidad. Y enseguida se lo tomó con el cariño que hacía todas las cosas. Sentados al fresco al caer la tarde, me pidió que le acercara unas piedras y un poco de tierra para arroparlo. Pasó el verano, y cuando volví un año después había ampliado el cinturón de tierra y el brote ya era un pequeño almendro. Cada mañana salía, barría la puerta y regaba el milagro. De una lastra pelada y dura había logrado un pequeño almendro. Poco a poco fue ampliando el vergel con flores y más tierra. Hace años llama la atención a los transeúntes esporádicos la anomalía de la lastra y el hermoso almendro en flor. Es el espejo de su alma buena. Un día le traje una parra del comercio de Olga, y juntos la plantamos en la acera de su puerta. Le gustaban las que había plantado en la mía dos años antes. Hoy cubren las dos fachadas y mitigan el calor del verano con hojas verdes y racimos enormes.

Muchos años antes, el cascarrabias adorable de su marido, Ángel, se cabreó con un vecino porque había derribado varios nidos de golondrinas y vencejos bajo el alero de su casa. En el suyo, anidan muchos de ellos. Ella los sigue protegiendo con esmero después de años de haber muerto él. Aquellos atardeceres de verano con cientos de golondrinas y picapedreros revoloteando en el barrio con sus chillidos característicos eran únicos. Cuando me enteré de que le habían detectado el coranovirus, temí no encontrarla al llegar el próximo verano. Estoy seguro de que esta primavera llorarán todos los almendros. Fermoselle, 18 de marzo de 2020. Descanse en paz.

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