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Antonio Robles

El móvil asesino

Pedagogía y Código Penal a partes iguales. Es una peste que no ha hecho más que empezar.

Un asesino anda suelto en nuestras carreteras: el móvil. Se ha convertido en la causa de más del 33% de los accidentes con víctimas. Como causa detonante de siniestros ya supera al exceso de velocidad (29%) o al abuso de drogas y alcohol (26%). Pero su maleficio no se queda sólo en la mayor incidencia de accidentes de tráfico, sino en la inconsciencia de los infractores de su peligro.

El borracho o el drogata son figuras sociales rechazadas, y sus actos al volante, considerados delictivos. Y su número, necesariamente limitado al inevitable tanto por ciento de personas incívicas. Sin embargo, nadie se siente un delincuente por utilizar el móvil al volante. Ni siquiera se considera irresponsable por hacerlo, si acaso, incómodo por los reproches de los más cercanos. Aunque ni uno ni otros tienen cabal conciencia del riesgo que corren y hacen correr a los demás conductores.

La historia de esa irresponsabilidad nace de la naturaleza mágica de los smartphones y del triunfo de su tecnología. Una reducidísima pantalla con aspecto de juguete nos entrega el mundo mediante el simple roce de nuestro índice. Nunca antes civilización alguna tuvo tanto conocimiento reunido, ni herramienta capaz de ponerlo a su disposición sin espera. El sueño divino de Miguel Ángel plasmado en el fresco de la Capilla Sixtina a través del dedo de Dios creando al primer hombre ahora está al alcance de cualquiera. Un verdadero milagro. Todos hemos sentido esa sensación extraordinaria cuando la yema de nuestros dedos abrió la pantalla por primera vez y agrandó o empequeñeció su contenido. Se olvida pronto lo extraordinario, o simplemente no se percibe como tal por haber nacido con él. A menudo, hasta quedar atrapados como una mariposa en la luz.

Ninguna revolución tecnológica anterior había sugestionado tan rápido y a tanta gente como la de los móviles. La famosa viñeta antropológica que detalla la progresión del simio desde el suelo a la postura erguida del Homo sapiens ha quedado obsoleta. La imagen actual del hombre desde Pekín a Nueva York es la de un ser encorvado con la mirada atrapada en la pantalla de estas puertas al mundo virtual. Ya no miramos a las estrellas, hemos acomodado el universo a la palma de nuestra mano hasta quedar fascinados por él.

Tomar conciencia de su exótico despotismo, sopesar beneficios y perjuicios de su extraordinaria capacidad para facilitarnos la vida, es imprescindible para hacer un buen uso de él. El mito de las sirenas, relatado por Homero en La Odisea, cuya voz dulce hechizaba a los marineros, y se lanzaban al mar atraídos por su encanto hasta perecer ahogados, nos sirve de metáfora de sus peligros. Para franquear su peligro en su regreso a Ítaca, Ulises se hizo atar por sus hombres al mástil del barco para no sucumbir al hechizo. El mito da cuenta del esfuerzo que hemos de hacer para no utilizar el móvil mientras conducimos.

Hoy, atender una llamada, mirar la entrada de un mensaje de WhatsApp, hacer un selfi, etc., disminuye drásticamente la atención a las señales de tráfico y la ruta. Nunca antes las carreteras de doble sentido habían sido tan peligrosas. Un simple descuido nos lleva a invadir la calzada contraria… y a la tragedia. Tomar conciencia de ello es imprescindible, pero no suficiente. Cada generación lo ha de aprender todo, y las nuevas aún más, porque los dispositivos forman parte de su manera de respirar y comportarse. Pedagogía y Código Penal a partes iguales. Es una peste que no ha hecho más que empezar.

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