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Y Casado se coronó

Nunca una moción de censura reforzó tanto a quien debería arruinar, ni encumbró de tal manera al oponente ideológico con quien disputaba el liderazgo de la oposición.

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Nunca una moción de censura reforzó tanto a quien debería arruinar, ni encumbró de tal manera al oponente ideológico con quien disputaba el liderazgo de la oposición. Queda por evaluar si las imágenes del desprecio y la hostilidad contra España de los socios del Gobierno fueron por sí mismas el mejor argumento de la moción de censura.

Ni esa suposición salvará a Vox del error estratégico que cometió presentando una moción de censura en tiempo y forma inadecuados. La sola presentación sin el consenso de PP y Cs ya fue una machada mal entendida. Pero hacerlo con el argumentario propio de una secta conspiranoide tan en boga en las RRSS actualmente fue un suicidio. Soros, la Europa de Hitler, el nacionalismo identitario, el virus chino, el desprecio a Merkel, la apropiación de las víctimas del terrorismo… Hasta las muchas razones esgrimidas con motivo quedaban desprestigiadas por el conjunto. Ese mondongo impropio de un partido serio dio una oportunidad de oro a Pedro Sánchez para adornarse y obligó a Pablo Casado a desmarcarse como alma que lleva el diablo. Hasta se atrevieron a decir que el actual Gobierno es el peor de los últimos 80 años. Y después se quejan de que les digan de todo menos bonitos.

Ya no se trata de tener razones para denunciar evidencias que nadie más se atreve a hacer, sino hacerlo con razones. Si se quejan de que les cataloguen de ultraderecha, uno debe comportarse como un demócrata, no dar motivos para confirmar el insulto. Y más en un tiempo donde los medios y el sectarismo político hacen lo imposible por satanizar al adversario en cuanto ofreces un flanco a la manipulación del lenguaje.

La moción podría haber servido para algo; a falta de mayorías, podrían haberla aprovechado para erosionar al Gobierno y a la vez reivindicar el derecho a defender cualquier idea sin que por ello se satanice a sus defensores. Esa forma de fascismo incruento que no se mancha las manos de sangre, pero logra los mismos objetivos.

Pero no sirvió ni para una cosa ni para la otra. Imperdonable haber perdido la oportunidad de desmontar intelectualmente el peor virus de nuestro tiempo, el mantra como sustitución del razonamiento. Por el contrario, lo reforzó: a un lado los fachas, el franquismo, los racistas, los enemigos de Europa; al otro, los defensores de la libertad, la democracia, la justicia social, la tolerancia y el respeto a la diversidad como antesala del derecho de autodeterminación. Puro e intolerable maniqueísmo.

Lo peor es que les dieron razones. Y Pablo Casado las aprovechó para escenificar una ruptura total con ellas. Lograba sacudirse de encima la caspa franquista que rezumaban para hacerse perdonar por la hegemonía moral impuesta por el progresismo y, de paso, situarse en la equidistancia entre la ultraizquierda y la ultraderecha. Una jugada maestra y excesivo teatro. El escenario perfecto para que Casado se coronara como líder indiscutible de la derecha. Aunque, como ya sabemos, el engrosar las huestes de la ultraderecha no depende exclusivamente de uno, mañana puede engrosarlas aquel que hoy se aparta del apestado.

Hasta aquí, los restos del naufragio de Vox; ahora, la imagen de un Congreso con una generación de treintañeros adanistas bien alimentados, y adobados con toda la casquería identitaria surgida del fracaso comunista y del terrorismo etarra. Un sinfín de grupos enmendando la Transición del 78, en nombre del terruño de cada cual, de la lengua de cada cual o de cualquier identidad que cuestione España. Verlos, oírlos, todos revoloteando en el enjambre de este Gobierno o como satélite de él, espanta.

Por ellos mismos no son nada, como nada sería Pablo Iglesias si Pedro Sánchez no le hubiera dado bola, pero como enjambre populista de abejas reinas están colonizando la mirada de las nuevas generaciones.

Sánchez es un peligro para la nación por defecto, y Vox por exceso. A falta de defensores explícitos de España, patrimonializa su defensa. Tienen derecho a hacerlo, pero también la obligación de evitar que el resto de la ciudadanía los confunda con ella. Ya se sabe, no me aprietes que me ahogas.

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