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El consumo es el 70% del PIB. ¿Y qué?

Los políticos, si de verdad quieren fomentar el crecimiento económico a largo plazo, deben centrarse en las acciones que contribuirán a una recuperación de la inversión privada, no a un fomento temporal del consumo.

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Debe de ser requisito indispensable de todo periodista que escriba sobre la actual recesión incluir en su artículo una frase del estilo de: "el consumo constituye más de dos tercios de la economía" o "el gasto en consumo representa alrededor del 70% del PIB".

Sin embargo, esta afirmación aparentemente tan simple y objetiva, suele contener un peso explicativo relevante, y de vez en cuando el articulista lo hace explícito diciendo algo así como que "salvo que los consumidores empiecen a abrir sus bolsillos y gastar más, la recuperación de la actual recesión será imposible".

A primera vista, este lugar común periodístico parece tener sentido. Cualquiera puede entender que, por ejemplo, una tienda en un centro comercial no contratará trabajadores nuevos a no ser que sus ventas aumenten lo suficiente como para justificar el gasto adicional. Por tanto, aquellos que buscan empleo permanecerán desempleados; comprarán menos bienes de consumo de lo que habrían consumido si hubieran adquirido el empleo; luego las tiendas no contratarán a más trabajadores; y así sucesivamente. El círculo de una teoría de la renta y el empleo parece así cerrado, proporcionando una explicación para la recesión que todavía perdura: los consumidores no están gastando lo suficiente.

No obstante, uno no necesita ser Doctor en economía para descubrir que debe de haber algo erróneo en esta línea de pensamiento sobre la prosperidad y la recesión. Revisando las estadísticas económicas nacionales, producidas por el Departamento de Comercio de la Oficina de Análisis Económico (Tabla 11.6), uno encuentra, por ejemplo, que el nivel máximo en gasto personal real en consumo en términos trimestrales ocurrió en el cuarto trimestre de 2007.

Este gasto (de 9.244 miles de millones de dólares en tasa anual) representó el 69,2% del PIB (13.364 miles de millones en tasa anual). El PIB real no cayó de forma significativa hasta el tercer trimestre de 2008. Cuando alcanzó su nivel mínimo en el segundo trimestre de 2009, había caído hasta los 12.810, bajando un 4%. En ese periodo, el gasto personal real en consumo era de 9.117 miles de millones de dólares, una caída de tan solo un 1,4%, y representaba alrededor del 71% del PIB. Así, como es habitual en el curso de un proceso de auge y recesión, el gasto en consumo cambió proporcionalmente menos que el PIB en su conjunto.

Como todo estudiante del ciclo económico aprende, la parte más volátil del gasto agregado es la inversión privada. Cuando la inversión privada doméstica bruta en términos reales alcanzó máximos, en el primer trimestre de 2006, era de 2.265 miles de millones de dólares, o el 17,5% del PIB.

Cuando tocó suelo en el segundo trimestre de 2009, había caído un 36% hasta los 1.453 miles de millones, o el 11,3% del PIB. Deduciendo a los gastos en inversión aquellos dedicados a compensar la depreciación del stock de capital privado (Tabla 1.7.6), encontramos que la inversión privada real neta –la parte que contribuye al crecimiento económico- en el trimestre más reciente fue sólo de un tercio de lo que fue en máximos a principios de 2006. Las subidas y bajadas del ciclo económico están obviamente conducidas por el gasto en inversión, no el consumo.

En el segundo trimestre de 2010, el consumo personal real estaba en los 9.270 miles de millones de dólares, o ligeramente por encima de su máximo anterior, lo que es un máximo histórico. Si el estímulo del consumo era la clave de la recuperación económica, deberíamos habernos recuperado ya. Y si aceptáramos el PIB real como un indicador adecuado de la salud de la economía, podríamos afirmar esa misma conclusión, dado que en el trimestre último, el PIB real solo estaba un 1,3% por debajo del nivel máximo previo.

Sin embargo, con la tasa de desempleo oficial estancada cerca del 10% y millones de personas habiendo abandonado la fuerza laboral o habiéndose puesto a trabajar a tiempo parcial, ésa conclusión es difícil de aceptar.

El enfoque del Keynesiano vulgar en el consumo, desafortunadamente tienta a los políticos a aprobar medidas de "estímulo" con el objetivo de fomentar esta parte del gasto total: medidas como la extensión de las ayudas al desempleo, la ayuda a los gobiernos locales y estatales para evitar que tengan que reducir personal e incrementos en los salarios de los empleados federales.

Algunos economistas incluso van tan lejos como para calificar estas medidas con grandes alabanzas, con el argumento de que dado que tales políticas muy probablemente darán lugar a un gasto en consumo en un plazo próximo, éstas tienen el "efecto multiplicador" más grande.

Tales argumentos, sin embargo, fallan en comprender la verdadera naturaleza del ciclo económico, especialmente el papel central de la inversión, como protagonista del crecimiento a largo plazo de la producción real, que se traduce en niveles de vida crecientes para la población.

Los políticos, si de verdad quieren fomentar la auténtica y sostenible recuperación y el crecimiento económico a largo plazo, deben centrarse en las acciones que contribuirán a una recuperación de la inversión privada, no a un fomento temporal del consumo. En el último trimestre, la inversión doméstica privada en términos brutos reales estaba a una tasa anual más del 20% por debajo de su nivel máximo previo; y como señalaba, la inversión privada real neta estaba a un nivel dos tercios por debajo de su pico anterior.

Para generar esta esencial recuperación de la inversión, el gobierno necesita poner fin a las acciones que amenazan las rentabilidades de los inversores y crean incertidumbre que paraliza la realización de sus proyectos nuevos de largo plazo.

Medidas gigantescas como la recientemente aprobada legislación sobre la asistencia sanitaria y la ley de la reforma financiera, que implican cientos de nuevas regulaciones cuyo contenido específico, ejecución y costes son imposibles de predecir con exactitud, contribuyen a la "incertidumbre de régimen" y por tanto animan a los inversores a mantener grandes sumas de dinero en liquidez o a aparcar sus fondos en valores financieros de corto plazo, bajo rendimiento y poco riesgo. Tales inversiones no pueden soportar una recuperación genuina y un crecimiento sostenido de largo plazo.

En definitiva, nuestra necesidad más perentoria en la actualidad consiste en que se produzca una recuperación robusta de la inversión privada de largo plazo. Los programas de "estímulo" gubernamentales orientados a fomentar el consumo, como máximo, aseguran un prolongado periodo de estancamiento económico.

Artículo elaborado por Robert Higgs, economista, Investigador Senior en Economía Política del Independent Institute, además de editor de la revista académica The Independent Review. Reconocido experto en historia económica de los EEUU, especialmente del periodo de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Es autor de, entre otros, Crisis and Leviathan y Depressión, War, and Cold War.

Artículo publicado originalmente en el blog del think-tank The Independent Institute. Traducción por Ángel Martín Oro.

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