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Carmelo Jordá

El capitalismo salvaje eres tú, Manuela

Sí, predicar es fácil, pero a la hora de redistribuir el trigo, ay Carmena, en cuanto nos descuidamos nos sale de dentro el capitalista salvaje.

Carmelo Jordá
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Sí, predicar es fácil, pero a la hora de redistribuir el trigo, ay Carmena, en cuanto nos descuidamos nos sale de dentro el capitalista salvaje.
EFE

Toda la vida haciendo como que luchas contra la explotación de los trabajadores, diciendo que estás a favor de los débiles, toda la vida frente al capitalismo salvaje y resulta que el capitalismo salvaje eres tú, Manuela.

La verdad es que lo sospechábamos desde que te apuntaste al invento ese de Podemos, que todos sabemos que es un partido de nuevos ricos, pero el escándalo de los trabajadores de tu marido lo ha confirmado al ciento por ciento.

Es una pena porque, aunque tenga fama de lo contrario, el capitalismo es el sistema económico y político más elevado moralmente: nos dota de libertad económica –sin la que es imposible cualquier otra libertad–, premia a los mejores y se basa, entre otras muchas cosas –pero esta es fundamental–, en el cumplimiento de los contratos entre agentes libres que negocian en condiciones de igualdad.

Luego están aquellos que se aprovechan de algunas de las ventajas del capitalismo pero renegando de las obligaciones morales que comporta. Son –como tu marido y tú cuando lo amparas– los capitalistas salvajes que, por ejemplo, firman contratos que luego incumplen, pongamos por ejemplo, no pagando a aquellos que les ofrecen un servicio o que trabajan para ellos.

Hay un rasgo más de eso que llaman "capitalismo salvaje" y que no es la verdadera cara de este benéfico sistema sino una distorsión: la explotación de los débiles, el abuso de aquellos que tienen más difícil competir en pie de igualdad.

Imagínate, Manuela, un suponer, a alguien con todos los conocimientos jurídicos y todos los contactos en la judicatura que, después de putear –con perdón– a unos trabajadores y dejarles sin cobrar hasta un año, encima les plantase una querella. Es sólo un caso hipotético, pero ¿no crees que sería un comportamiento miserable?

No te preocupes, Manuela, yo te entiendo: predicar es de lo más sencillo y hoy en día –y desde hace bastantes años, que ya no eres mocita– decirse rojo y hacerse pasar por comprometido es garantía no sólo de una tranquilidad de conciencia de lo más satisfactoria, sino incluso de algunos negocietes la mar de interesantes, como la puerta giratoria de montarte un despacho de arquitectos después de hacer un plan de urbanismo, no sé si sabes de lo que te hablo.

Sí, predicar es fácil, pero a la hora de redistribuir el trigo, ay Carmena, en cuanto nos descuidamos nos sale de dentro el capitalista salvaje. ¿Que qué es el capitalismo salvaje? ¿Y tú me lo preguntas, Manuela?

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