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Carmelo Jordá

El dedo más rastrero

Si al líder del PP le parece que González no es el candidato para Madrid bien, pero que tenga la gallardía de salir a la palestra y explicarlo.

Carmelo Jordá
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Aunque sea un método rechazable en sí mismo, Rajoy tenía derecho a elegir al candidato que quisiese para la Comunidad de Madrid: se lo dan los estatutos de su partido y, sobre todo, los serviles que forman la mayor parte de los órganos de un PP que, de tanto inclinarse ante el amo, pronto semejarán un rebaño de dromedarios.

Sin embargo, no darse cuenta de que a estas alturas la mayor parte de los votantes no admite este tipo de designaciones digitales es estar muy ciego a la realidad social o, peor aún, que ésta te de igual y que, por tanto, tampoco te importe mucho el resultado electoral que pueda obtener tu partido.

Mucho hay de eso, me temo, en una decisión de Rajoy que, tal y como ya hizo en Andalucía, parece actuar con sólo un horizonte el mente: el suyo propio y lo que pueda ocurrirle después de las elecciones generales. El PP, y por supuesto España –y no digamos Madrid-, tendrán que esperar a que el presidente gestione lo que de verdad le importa: él mismo.

Todavía hay, no obstante, un aspecto que me parece más lamentable de lo que ha ocurrido este viernes: la cobardía. Si al líder supremo del PP le parece que Ignacio González no es el candidato idóneo para la Comunidad de Madrid bien, pero que tenga la gallardía, o la vergüenza, de salir a la palestra, decirlo y, ya de paso, explicar su decisión.

Lo que es verdaderamente deplorable, sobre todo para los potenciales votantes del PP, es que en lugar de eso se monte una campaña de filtraciones mediáticas para crear el estado de opinión que haga parecer la decisión como lógica e inevitable, o que haga al candidato no deseado arrugarse y salir corriendo. Una campaña, por cierto, que además de profundamente inmoral puede tener también un serio coste electoral.

Yo no estoy seguro de que Ignacio González sea el hombre adecuado para una campaña electoral o para seguir presidiendo la Comunidad de Madrid. Tampoco pongo la mano en el fuego por él, como no la pongo por nadie y no se lo tomen a mal: necesito todas mis extremidades para trabajar.

Sin embargo, sí hay dos hechos que son objetivos: el primero que la gestión de González como vicepresidente y presidente ha sido buena, y determinados logros económicos le avalan, amén de otros aspectos como una educación o una sanidad que son, sin duda, de las mejores de España si no las mejores.

Y el segundo que, hoy por hoy, lo único que hay en contra de González son difusas sospechas, casos que el Tribunal Supremo ha rechazado y acusaciones lanzadas desde lo peor de las cloacas policiales.

Sin embargo, el dedo divino de Rajoy ha decidido, en su tarde más rastrera, posarse sobre Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre, sin asumir públicamente que era él quién tomaba la decisión y sin explicarla ni a sus votantes ni a su propio partido.

Una cacicada que, por cierto, las que menos merecen son las propias Aguirre y Cifuentes, dos políticas capaces y valiosas que ahora ya han quedado marcadas, quizá para siempre, por el lamentable dedazo que las ha convertido en candidatas.

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