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¿Existe el derecho al burkini?

No, no existe el derecho humano al burkini, como no existe el derecho a humillar o torturar públicamente a nadie, aunque la víctima se preste a ello.

Carmelo Jordá
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Una mujer ataviada con un burkini | Cordon Press

Varias localidades francesas se están embarcando en una batalla que quizá pueda sorprendernos desde aquí, pero a la que creo que hay que prestar cierta atención porque tiene no poca importancia, y no sólo simbólica: la lucha contra el burkini.

Supongo que ya lo sabrán, pero está bien explicarlo: se trata de una prenda de baño de invención relativamente reciente y que reproduce de una forma más o menos playera la siniestra idea subyacente a prendas como el burka, el niqab, el chador o muchas de las formas de vestir el hiyab –si, como me ocurre a mí, los nombres de estas prendas acaban confundiéndoles, refresquen su memoria en esta imagen-: que el cuerpo de la mujer es algo impuro y obsceno que debe ocultarse.

Por supuesto, es extremadamente difícil que, si su cuerpo es impuro y obsceno, la propia mujer no lo sea, y ahí vemos la concepción de fondo que una parte importante del islam actual tiene sobre el sexo femenino y el trato que, a través de estas prendas y de otras muchas cosas, se le da en muchas sociedades musulmanas.

Pero, ojo, que el burka, el niqab y demás no son sólo una consecuencia de la opresión de las mujeres: son sobre todo un medio para perpetuarla, tal y como explicaba perfectamente este artículo en Libertad Digital, en el que se dice certeramente que velar a la mitad de la sociedad es una herramienta esencial para el avance del islamismo.

Es con todas estas consideraciones sobre la mesa como debemos abordar polémicas como la de la prohibición del burkini en ciertas ciudades de Francia o la lucha contra el burka y similares que algunos –muy pocos- plantean en Europa. Y, conscientes de que la opresiva y no otra es la verdadera utilidad de los velos islámicos, lo que debemos preguntarnos es si debemos abandonar a las mujeres sin plantear una batalla social y, por supuesto, también legal.

No se trata de perseguir a las mujeres, al contrario, se trata de darles herramientas para sobreponerse a una presión religiosa, pero sobre todo ideológica y social, que las obliga a desaparecer de la escena pública tras un velo o una rejilla de tela o, como mínimo, a presentarse ante la sociedad medio escondidas tras una panoplia de prendas degradantes.

Por supuesto, habrá mujeres que aseguren que ellas eligen vestirse así desde una supuesta libertad. No voy a entrar a analizar qué libertad puede ser esa que convierte a un ser humano en un fantasma y lo expulsa del mundo en el que los demás compartimos espacios, hablamos, nos relacionamos y, en suma, vivimos como los animales sociales que somos. Lo que está claro es que esa decisión personal no genera un catálogo infinito de derechos: si de verdad quieres ir con burka o con burkini, deberás asumir que las normas que todos nos damos pueden impedirte bañarte en una playa francesa o entrar en un edificio público.

No, no existe el derecho humano al burkini, como no existe el derecho a humillar o torturar públicamente a nadie, aunque la víctima se preste a ello de forma presuntamente voluntaria.

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