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Carmelo Jordá

La España del 27-J

Es, sin duda, la peor encrucijada electoral en la que recuerdo haber visto a España.

Carmelo Jordá
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Como a cualquiera con un mínimo de sentido común y que no esté poseído por el revanchismo, me preocupa enormemente el Gobierno que pueda surgir de las elecciones de este domingo.

Es, sin duda, la peor encrucijada electoral en la que recuerdo haber visto a España: ni la repetición del corrupto y descompuesto PSOE del 93 o el 96, ni siquiera la llegada del inconsistente Zapatero en 2004 pintaban en el horizonte tan negros nubarrones como el que alcance el poder este grupo de comunistas y ventajistas, enfermos de sectarismo, que se ha dado en llamar Unidos Podemos.

Sin embargo, hay algo tanto o más preocupante que ver cómo el odio y el sectarismo llegan ebrios de sonrisas al poder: comprobar que el 20, el 25 o el 30% de los españoles está por dinamitar el sistema y la convivencia.

Incluso si el resultado de las elecciones no es malo –o no es todo lo malo que puede llegar a ser–, la España en la que nos levantaremos el próximo lunes será terrible: aunque logremos esta vez evitar la llegada de los bolivarianos al poder, estaremos en una España en la que un cuarto de la población se cree no sólo agraviada sino con derecho al odio, a la violencia que ya ejercen los y las asaltacapillas, los bódalos, los alfons y los salvajes anti-Selección.

Una España de españoles que renuncian al logro personal y quieren que la prosperidad e incluso la felicidad les sean entregadas en bandeja de plata y por derecho: por tener un título universitario, por ser parte de "la gente", porque lo contrario es hacerle el juego al Capital…

Un país improductivo, maniatado entre los excesos regulatorios e impositivos del poder y una sociedad civil que mira con malos ojos el trabajo, el esfuerzo, el éxito y no digamos la riqueza.

Una nación débil, convencida de su propia maldad, de que su pasado es infame, de que no existe o sería mejor que no existiera, dando paso a unos presuntos pueblos largamente oprimidos.

Aunque este domingo logremos no acabar convertidos en una sucursal suicida del bolivarianismo, nos queda un durísimo trabajo por delante: tenemos que darle la vuelta a esta dinámica en la que nos creemos con derecho a todo sin obligación a nada; tenemos que abrir la economía y generar riqueza para demostrarles lo equivocados que están; tenemos que prestigiar de nuevo la democracia y no dejar que se olvide que las últimas décadas han sido las mejores en cientos de años, que por supuesto no han sido perfectas, pero sí han sido las más libres y las más prósperas.

En resumen: a partir del 27-J, y si todavía no somos un caso perdido, España tiene que demostrarse que no es tan mala, que no está tan mal y que lo que hará que todos estemos mejor no son las soluciones mágicas, sino el esfuerzo y el talento. No es tarea fácil, pero es imprescindible si no queremos vernos aún peor dentro de cuatro días.

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