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Carmelo Jordá

La estampita de la militancia

Con tanta llamada a la militancia, se ha eliminado cualquier tipo de contrapeso a la figura del líder todopoderoso.

Carmelo Jordá
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Con tanta llamada a la militancia, se ha eliminado cualquier tipo de contrapeso a la figura del líder todopoderoso.
EFE

De un tiempo a esta parte los partidos políticos han descubierto con alborozo a la militancia. Como siempre pasa, tras los políticos hemos llegado los periodistas para hacer la loas y los cantos a la militancia, a las consultas, las primarias y todo aquello que sea pedir el voto de los militantes para esto o para lo otro.

Yo, como en tantas otras cosas, no comparto ese entusiasmo. Es más, soy bastante más que escéptico respecto a las virtudes de la militancia y de los militantes: en general, el mero hecho de que alguien milite en un partido político hace que automáticamente se me encienda una luz de alerta y que mi opinión sobre él o ella sea un poco peor: con la cantidad de clubes, asociaciones, cofradías, hermandades, fallas, filás y peñas en las que puedes entrar, meterte en un partido es estrambótico y sospechoso.

Además, si el militante individualmente me mueve a la desconfianza y me parece, en general, un ser poco fiable, "la militancia" como grupo más o menos organizado ya directamente me genera un rechazo profundo y algo parecido al miedo. Primero, porque los he visto y sé del servilismo arrastrado del que son capaces; segundo, porque ya nos han demostrado lo que votan.

Y es que la militancia vota lo que le echen, ahí están los resultados de los últimos años en los muy democráticos y estupendos referéndums o elecciones que se han puesto en sus manos. En el PSOE han votado a Pedro Sánchez; han votado el pacto con Iglesias y el pacto con Rivera. En Podemos, los "inscritos" han votado toda la bazofia que en algún momento se les ha propuesto, fuese lo que fuese e incluyendo lo de dar el visto bueno al chalet de Galapagar, ¡ni más ni menos! Y en el PP han votado, no lo olvidemos, a Soraya Sáenz de Santamaría, que ganó la primera parte de aquella fórmula de relevo inventada por los populares...

En resumen: allí donde ha sido llamada a votar, la militancia ha votado fervorosamente por la peor opción, en todos los partidos y en todas las ocasiones. Hasta cuando parecía que acertaban han acabado errando: son infalibles, pero al revés.

Por supuesto, esto no es casual: las cúpulas de los partidos han venido usando la militancia para cerrar los debates y arrasar con los discrepantes y, así, los procedimientos aparentemente democráticos han servido, precisamente, para acabar con la democracia interna y con toda posibilidad de que se creen corrientes o grupos que influyan de alguna manera. Con tanta llamada a la militancia, se ha eliminado cualquier tipo de contrapeso a la figura del líder todopoderoso, que hace lo que le da la gana sin que nadie pueda chistar, porque… ¡cómo te vas a oponer a lo que ha votado la militancia!

Esta es la cruda realidad que muy pocos quieren ver: que la tan cacareada democracia interna, las primarias y las "consultas a la militancia" sólo han sido el último timo de la estampita de las cúpulas de los partidos para mandar todavía más. Y casi todo el mundo se lo ha tragado.

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