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La gran estafa olímpica

La tremenda crisis que padecemos no es el momento adecuado ni para corrernos una fiestecita ni, por supuesto, para pagarla.

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Cuando la inmensa mayoría de los políticos y de los medios de comunicación se muestran en bloque partidarios de una ley o una iniciativa un servidor, que es de natural desconfiado, tiende a adoptar una posición precavida al respecto.

En algunos casos, la misma unanimidad es enfermiza, por ejemplo en aquellos trece periódicos catalanes con un editorial único; en otros es más un síntoma del poder que la política tiene en esta sociedad, cada vez más borrega y desmemoriada. Es el caso, por ejemplo, del abrumador y casi unánime apoyo que recibe Madrid, una vez más, para organizar unos Juegos Olímpicos.

A un espectador neutral que se acercase a la cuestión no podría dejar de sorprenderle el empeño de uno de los países más endeudados de Europa por ser sede de los Juegos, pero cuando le explicasen que la ciudad candidata es la más endeudada de ese país no me cabe la menor duda de que se echaría las manos a la cabeza.

Porque España, sorpréndanse lectores, está en una de las peores crisis de su historia: las instituciones por los suelos y el paro y la deuda por los cielos no parecen el entorno adecuado ni para corrernos una fiestecita ni, por supuesto, para pagarla.

Pero hete aquí que los políticos se han empeñado, y ciudadanos y medios les seguimos borregamente en la senda del gasto olímpico. Los argumentos que nos dan son contradictorios: que van a ser muy baratitos y que van a crear mucho empleo.

Las dos cosas son abiertamente increíbles: lo primero, porque no ha habido JJOO que al final no hayan multiplicado el gasto que tenían previsto, desde Barcelona hasta los todavía no celebrados invernales de Sochi, para los que falta un año y ya han quintuplicado su presupuesto inicial. Por supuesto, también ha ocurrido en Atenas o Pekín, incluso en un país aparentemente serio como es Gran Bretaña, que en Londres 2012 se gastó cuatro veces más de lo esperado siete años antes.

Peor todavía es la falsedad sobre los cientos de miles de puestos de trabajo que se van crear, y para esa no hace falta que mirar fuera, ya que tenemos el mejor ejemplo en nuestra propia historia gracias a Barcelona 92. Recordemos las cifras: a finales del año 91 España tenía ya una notable tasa de paro del 16,9%; los miles de trabajos que crean los Juegos sirvieron para subirla al 20,3% al acabar el glorioso año olímpico y expomundialero; pero es que el empuje a la economía fue tan fenomenal que al terminar el 93 la tasa se había elevado a un 23,9%. Siete puntos más de paro en dos años: más que una mentira es que es una estafa.

Pues aquí estamos de nuevo, con los políticos de (casi) todos los partidos llevándonos a otra orgía de gasto con (casi) todos los medios dando palmas con las orejas. Que la realidad no nos estropee ni una foto oficial ni una portada; total, pagan los ciudadanos.

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