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Los derechos, la democracia y sus enemigos

Es difícil que deje de sorprendente y asquearte el cinismo de una gente que, precisamente, llamaba "terroristas" a los que se manifestaban contra una tiranía en Venezuela.

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Teresa Rodríguez, a las puertas del parlamento andaluz. | EFE

Manifestarse en defensa de una opinión política, a favor o en contra de una convicción moral o por lo que sea –recuerdo manifestaciones hasta por equipos de fútbol– no sólo es legítimo, sino que es un derecho democrático irrenunciable. Es más: todos sabemos cuáles son los países en los que no es posible manifestarse o en los que directamente te detienen o te pegan un tiro por ello, y estoy seguro de que la inmensa mayoría de ustedes, queridos lectores, no quieren vivir en ellos.

Sin embargo, por muy importante que sea un derecho democrático, no es algo que pueda usarse indiscriminadamente, o que te exima de la crítica si con el uso lo perviertes. No podemos olvidar que los derechos democráticos pueden usarse en contra de la democracia, y que esto es algo que ha ocurrido en multitud de ocasiones a lo largo de la historia.

Porque, diga lo que diga la fracasada Teresa Rodríguez, el derecho de manifestación y las movilizaciones no son tan importantes como el derecho al voto y las instituciones en las que estamos todos representados, precisamente, a través de nuestros votos. Lo que no ganas en las urnas, en suma, no lo puedes ganar en la calle, al menos en un país democrático, que es lo que sigue siendo España, diga lo que diga la propaganda de la izquierda.

Y más aún en determinadas circunstancias. Por ejemplo, si te manifiestas a la puerta de un parlamento, el día en el que se inicia la toma de posesión de un presidente legítimamente elegido tras unas elecciones perfectamente democráticas… no estás ejerciendo un derecho democrático, lo estás pervirtiendo y estás manifestándote en contra de la democracia y de uno de sus más importantes símbolos: las urnas.

Porque, nos guste más o menos Juanma Moreno y nos guste más o menos VOX, hay algo que no debemos olvidar, aunque muchos están intentando que no lo recordemos: al nuevo presidente de Andalucía no le da el cargo el partido de Santi Abascal, se lo dan los andaluces con un voto que le ha permitido construir esa mayoría.

Una vez más, asistimos a cómo la izquierda –toda la izquierda, ya no tiene sentido distinguir a la radical de la que presuntamente no lo es– ataca los fundamentos de la democracia mientras presume de demócrata. Quizá deberíamos estar acostumbrados, pero es difícil que deje de sorprendente y asquearte el cinismo de una gente que, precisamente, llamaba "terroristas" a los que se manifestaban contra una tiranía en Venezuela.

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