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El consejero delegado Rajoy

No es el candidato adecuado para unas elecciones en las que están en juego cosas muy importantes para el futuro de España.

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Uno de los periodistas que tuvieron que sufrir estoicamente este lunes la plúmbea comparecencia del presidente del Gobierno en el Palacio de La Moncloa, tras la firma del decreto por el que se disuelven las Cortes y se convocan las elecciones generales para el 20-D, espetó a Rajoy que su intervención se había asemejado más a la de un consejero delegado de una empresa que a la de un jefe del Ejecutivo que aspira a ser reelegido para un nuevo mandato.

Ya venía cargado Rajoy de algunas preguntas anteriores –por ejemplo, una de Pablo Montesinos sobre si se consideraba el mejor candidato del PP, que el aludido contestó con cierta displicencia– como para andarse con muchas contemplaciones en las respuestas. Y de hecho la comparecencia acabó de una forma un poco abrupta. Sabido es que al actual inquilino de La Moncloa le aburren los periodistas e incluso no disimula un cierto desprecio hacia el trabajo de los mismos. No acaba de comprender, ni sobre todo de aceptar, que la democracia es fundamentalmente un régimen de opinión pública, y que los medios de comunicación y quienes trabajan en ellos tienen la función de ser intermediarios, transmisores del mensaje entre el poder político y los ciudadanos. En fin, una cosa bastante sencilla de entender.

Pero, volviendo a la comparecencia del presidente del Gobierno, el periodista que le interpeló con lo de la semejanza con un consejero delegado tenía razón. No sé si son ya los efectos de la vuelta de Arriola -¿se había ido alguna vez?- al equipo de campaña de Rajoy, pero el discurso prácticamente monotemático del candidato del PP sobre la economía y los logros alcanzados en este terreno en la legislatura que ahora termina no hacen predecir nada bueno sobre la capacidad de regeneración y de ilusión en el mensaje con el que el PP y el candidato Rajoy piensan comparecer a las elecciones del próximo 20-D.

Hace unas pocas semanas, los portavoces oficiales y oficiosos de Moncloa y de Génova situaban en 150 diputados el objetivo para seguir al frente del Gobierno. Las últimas encuestas, al menos todas las que se han hecho públicas, rebajan esas expectativas a una horquilla de escaños entre 120 y 130, lo cual supondría perder entre 56 y 66 respecto a los 186 que obtuvieron los populares en 2011.

Pero lo sorprendente es que esos mismos portavoces y sus terminales mediáticas, en lugar de analizar correctamente, caso de confirmarse en las urnas, ese pésimo resultado, se limitan a ver si con la suma de los diputados que las encuestas otorgan a Ciudadanos –entre 50 y 60– se alcanza la mayoría absoluta.

Uno se pregunta: ¿dónde está escrito que el partido de Rivera tenga que apoyar al PP? ¿No es más lógico pensar que Ciudadanos no ha llegado hasta aquí para convertirse en el salvavidas de los populares y mucho menos de Rajoy? ¿No hay nadie en el PP que piense que la estrategia política de Ciudadanos pasa por ser a medio plazo el partido que reemplace al PP y que desde esa perspectiva lo que menos le puede interesar es apuntalar a este en el poder?

Y si el pacto con Ciudadanos presenta todas esas aristas y más que pueda haber –desde luego, la cabeza de Rajoy, por mucho que este haya manifestado que quiere conservarla en su sitio, o que el ministro Alonso haya dicho que sería inaceptable la petición de la misma para llegar a un acuerdo, sería el primer trofeo a cobrar por los de Rivera–, el PP tiene que ser consciente de que su margen para pactar con otros partidos es inexistente. Cosa que no pasa con el PSOE, como quedó de manifiesto tras las últimas elecciones municipales y autonómicas, donde los socialistas, teniendo un pésimo resultado, consiguieron rentabilizarlo al máximo recuperando el poder en varias CCAA y ayuntamientos merced a sus pactos con Podemos o con los nacionalistas.

No hay ninguna señal que haya sido emitida desde Moncloa o Génova que lleve a pensar que los populares han entendido el mensaje que sus votantes les han ido mandando de forma reiterada en las últimas cinco citas electorales: europeas, andaluzas, autonómicas, municipales y catalanas. Por no hacer, no hacen caso ni a lo que les dice José María Aznar, presidente de honor del PP.

Y la comparecencia de este lunes de Rajoy, en lo que podía ser considerado el pistoletazo oficial de la precampaña electoral, abunda en esa impresión de fin de ciclo, de falta de mensaje político, de nula capacidad del candidato para ilusionar y conectar con un electorado que le ha ido abandonando paulatinamente en estos cuatro años.

Por eso la pregunta de Pablo Montesinos tenía su sentido: ¿se sigue considerando usted el mejor candidato del PP? Y no porque ese interrogante se lo planteen dentro de las filas populares, lo cual ya es muy significativo, a cincuenta y cuatro días de las elecciones, sino porque también se la hacen muchos votantes potenciales del partido de la gaviota que seguramente vean en Rajoy a un aseado consejero delegado de una empresa, pero no el candidato adecuado para unas elecciones en las que están en juego cosas muy importantes para el futuro de España.

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