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El cortoplacismo de Rajoy

El PP sigue sin corregir su gran error desde que en 2011 once millones de españoles le dieran una holgada mayoría absoluta.

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El equipo médico habitual de Rajoy –es decir, Soraya, Arenas, Moragas y Arriola– ha vuelto de vacaciones muy satisfecho porque las encuestas conocidas en las últimas semanas apuntan a una recuperación del voto popular, que podría rondar en estos momentos el 30%. Incluso se atreven a cuantificar en 150 el número de escaños que serían necesarios para que el PP pudiera seguir gobernando tras las próximas elecciones generales. Eso sí, no explican cómo gobernarían, porque con 150 diputados estarían a 26 escaños la mayoría absoluta y el margen que tienen los populares para pactar con otras fuerzas políticas es casi igual a cero. Véase si no lo sucedido tras las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo.

Esa alegría monclovita por la mejora en las encuestas tiene también su traslación a Cataluña, donde como todo el mundo sabe el próximo día 27 hay unas elecciones plebiscitarias, perdón, quiero decir autonómicas. En este caso el optimismo de los populares se fundamenta en que, con García Albiol como candidato, han crecido las expectativas de voto, pasando de los 8 diputados con Alicia Sánchez Camacho a 12-13 con el exalcalde de Badalona. Lo de menos es que incluso con ese resultado el PP sería la sexta fuerza política de Cataluña y no llegaría al 10% en intención de voto. Estar satisfechos con eso, y no hablemos de la que les espera en el País Vasco el año que viene, o de lo que ha sucedido en Navarra, es como para hacérselo mirar.

Estos son sólo dos ejemplos que confirman en qué están Rajoy y los que le rodean: única y exclusivamente en conservar el poder. Escocidos por la pérdida del mismo en comunidades como Valencia, Castilla-La Mancha, Extremadura, Aragón, Cantabria o Baleares; dolidos porque los pactos del PSOE con Podemos les arrebataran algunas de esas CCAA y ayuntamientos como el de Madrid y el de Valencia, sin embargo Rajoy y su gente no han aprendido la lección de esas elecciones, o del castigo que también sufrieron en las europeas.

El PP sigue sin corregir su gran error desde que en 2011 once millones de españoles le dieran una holgada mayoría absoluta. El error de renunciar a hacer política, a llevar a cabo lo que llevaba en su programa electoral, a defender lo que en otro tiempo le convirtió en el referente del centro-derecha: la Nación, la libertad, la vida, las víctimas del terrorismo.

Por el contrario, a tres meses de las elecciones generales –¡qué poco dignifica Rajoy la Presidencia del Gobierno al permitirse hacer bromas, medioanuncios, en una entrevista radiofónica sobre la fecha electoral– el PP sigue sin enterarse de por qué muchos de sus votantes le han abandonado, yéndose a otras siglas o simplemente quedándose en casa.

Es posible que la estrategia del miedo les funcione a los estrategas monclovitas y parte de ese electorado perdido en las últimas citas electorales vuelva de nuevo a votar a los populares, aunque sea con la nariz tapada, ante el panorama ciertamente sombrío de un Gobierno PSOE-Podemos, al que sin duda apoyarían si hiciera falta grupos nacionalistas de todo jaez. Pero no deja de ser muy pobre y ramplón basar toda la estrategia electoral en azuzar ese temor a lo que puede venir.

Pedir a Rajoy y a quienes ahora dirigen el PP la elaboración de un proyecto ideológico de centro-derecha sólido e ilusionante es un puro ejercicio de voluntarismo. El actual presidente del Gobierno ha dilapidado casi todo su capital político y el de su partido en estos últimos cuatro años, a base de haber convertido al PP en un partido irreconocible para buena parte de su electorado. Ahora, para los dirigentes populares, ya todo es cortoplacismo: lo único que importa es conservar el poder. A lo mejor, en diciembre, el PP lo consigue; o no, como diría su actual líder.

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