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Cayetano González

El desmoronamiento del PP

El PP está a punto de dejar de ser, si no lo ha hecho ya, el referente del centro-derecha.

Cayetano González
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Pablo Casado, presidente del PP | EFE

En las elecciones generales celebradas el 20 de noviembre de 2011, el PP sacó un total de 10.866.566 votos (44,63%) y 186 diputados. En las celebradas este pasado domingo, obtuvo 4.356.023 votos (16,70%) y 66 escaños. Es decir, en menos de ocho años, los populares han perdido 6.510.543 votos, 28 puntos porcentuales y 120 escaños. Sólo habría que añadir un pequeño detalle como corolario a este conjunto de datos: en los casi ocho años transcurrido entre ambas elecciones, Rajoy presidió el partido durante seis años y ocho meses, en los que fue paulatinamente perdiendo votos y escaños. Casado lleva en la presidencia del PP sólo nueve meses, desde julio del año pasado.

Si se aplicaran los estándares normales en una democracia, el actual líder del PP tendría que haber dimitido en la noche del domingo, porque ha tenido la mala suerte de cosechar el peor resultado de la historia de su partido, y eso tiene que llevar aparejada alguna responsabilidad política, que no puede ser otra que la dimisión. Tengo la impresión, porque Casado es una persona íntegra y honrada, que el afectado pudo plantearse irse a su casa esa misma noche, y que, como casi siempre ocurre en estos casos, sería su entorno más cercano, no sé si el familiar o el político, el que le quitaría esa idea, si es que llegó a pasar por su cabeza.

Es cierto que, con unas elecciones municipales, autonómicas y europeas a la vuelta de la esquina, lo prudente puede ser aguantar y esperar a ver qué pasa el próximo día 26. Pero ¿y si los resultados de ese día son igual de malos? En ese caso, ¿podría aguantar Pablo Casado al frente de la nave? Y ya no se trata exclusivamente de una cuestión de liderazgo. Cuando un partido entra en una deriva electoral como la que lleva el PP en los últimos años, la clave es preguntarse si ese proyecto político ha perdido su razón de ser, si ha dejado de ser útil para los ciudadanos. Porque si la respuesta es afirmativa, y parece que todo apunta en esa dirección, el futuro del partido que refundó Aznar en 1990 es muy negro.

Uno de los valores fundacionales fundamentales del PP era que nació para unir a todo lo que estaba a la derecha del PSOE. Aznar lo consiguió, y eso le permitió llegar al poder en 1996 y gobernar durante ocho años. Tras el calamitoso periodo de siete años de Zapatero en la Moncloa, el PP, ya con Rajoy como líder, volvió a llegar al poder. Pero ya entonces –desde el Congreso de Valencia de 2008- era otro PP. El vaciamiento ideológico al que sometió al partido el político gallego, su desprecio con hechos hacia sectores de votantes del PP, su falta de energía para parar el golpe secesionista de Cataluña, tuvieron como resultado el troceamiento en tres del centro y la derecha, con las consecuencias que esa división ha provocado, y que han quedado patentes en las elecciones del domingo.

El PP está a punto de dejar de ser, si no lo ha hecho ya, el referente del centro-derecha. Ese papel se lo ha arrebatado Ciudadanos por un lado y VOX por otro. Cambiar ese estado de opinión es muy complicado, porque lo que se pierde en ocho años no se recupera en ocho semanas. Es evidente que Casado no es el principal responsable del estado comatoso en el que ha quedado el PP tras las elecciones del domingo. Él recibió de Rajoy un partido muerto, sin pulso, que era más una maquinaria burocrática de administrar el poder que un proyecto político e ideológico. Si el 26 de mayo el PP no se recupera, y lo tiene muy difícil, el problema no será ya la continuidad de Casado al frente del partido, sino la propia existencia y razón de ser del Partido Popular. Precedentes al respecto hay varios en nuestra historia reciente.

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