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El fin de una etapa

Estamos ante el fin de una etapa de nuestra historia reciente que comenzó con la Transición y que con sus luces y sombras se ha prolongado más de 35 años.

Cayetano González
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A la espera de que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) acabe de poner el huevo de la encuesta de intención de voto del mes de octubre, los últimos estudios demoscópicos conocidos coinciden en que si hoy se celebraran elecciones generales Podemos pondría patas arriba el tablero político, al convertirse en la primera fuerza política, por delante del PP y del PSOE. Otros efectos colaterales de la fuerte irrupción del partido de Pablo Iglesias serían la práctica absorción por parte de este de la Izquierda Unida de Cayo Lara y el estancamiento de UPyD.

Si el presidente del Gobierno, que es el único que tiene la facultad constitucional de hacerlo, no adelanta las elecciones generales -previstas en un principio para dentro de un año-, las municipales y autonómicas de mayo serán un anticipo de lo que está por llegar. El PP perderá el poder en varias de las once comunidades autónomas donde ahora gobierna y en muchos ayuntamientos importantes. Junto a eso, se irán configurando en muchos lugares Gobiernos muy asimilables a un frente popular, así como el predominio de ERC en Cataluña y del PNV y Bildu en el País Vasco.

Aunque al PP siempre le quedará a modo de consuelo José Antonio Monago en Extremadura, que ha confesado, en un ejercicio de máxima coherencia ideológica, estar dispuesto a pactar con Podemos, Rajoy va camino de culminar en los próximos meses su obra de destrucción de un partido de centro-derecha liberal que gobernó brillantemente durante ochos años y que hace sólo tres tuvo una holgadísima mayoría absoluta, con once millones de votos. El problema es que el daño no se lo hará solo a su partido, sino a España.

Los actuales dirigentes populares -no sólo ellos- no quieren ver lo que cada día es más evidente: el fin de una etapa de nuestra historia reciente que comenzó con la Transición y que con sus luces y sombras se ha prolongado más de treinta y cinco años, de los que la izquierda (PSOE) ha gobernado veintiuno y la derecha (UCD y PP), catorce.

Esa etapa está llegando a su fin por la acción destructiva de unos –los siete años de Zapatero fueron letales al respecto, sobre todo por su negociación política con ETA y por dar alas al nacionalismo independentista en Cataluña- y la inacción de otros, fundamentalmente del actual presidente del Gobierno y del PP.

Si el diagnóstico que los actuales dirigentes populares hacen no es el correcto, las soluciones no pueden ser las adecuadas. Esto se ha visto claramente en la falta de respuesta, de discurso político del Gobierno y del PP, al desafío separatista planteado desde Cataluña. Y ha vuelto a repetirse estos días a raíz de los diferentes casos de corrupción que afectan a los populares.

Cuando se mira a las filas socialistas, el estado de la cuestión no mejora. Parece claro que a su nuevo líder le falta el cuajo político para sacar a su partido del fondo del pozo en el que le dejaron Zapatero y Rubalcaba. Es difícil empeorar los resultados electorales de este último, pero todo es cuestión de empeñarse en ello, y ha habido actuaciones o declaraciones de Pedro Sánchez –funerales de Estado para las víctimas de la violencia de género, supresión del Ministerio de Defensa- que animan a pensar que lo quiere conseguir.

Las alternativas a los dos partidos tradicionales no están definidas. UPyD lleva unos meses proyectando hacia el exterior una excesiva conflictividad interna –el caso más sonado se ha saldado con la dimisión del eurodiputado Sosa Wagner- y una postura poco generosa a la hora de aceptar un pacto electoral con Ciudadanos. VOX, a pesar de contar con personas tan queridas por muchos españoles como Santiago Abascal o José Antonio Ortega Lara, tiene un futuro incierto después del mal resultado en las europeas, de los problemas internos que tuvieron después de estas y del vacío informativo que sufre por parte de la inmensa mayoría de medios de comunicación, con LD y esRadio como honrosas excepciones.

Soy consciente de que el diagnóstico que se desprende de este artículo es muy pesimista. Pero es que, tristemente, pienso que nos esperan –estamos ya viviéndolos de alguna manera- tiempos muy difíciles. No creo que a estas alturas se pueda hacer mucho por evitarlo, quizá sí para paliarlo, y ante el argumento esgrimido por algunos de que los ciudadanos tienen mucho más sentido común que los políticos y que en última instancia sabrán reconducir los errores de estos, es verdad, pero sólo en parte. Porque también hay que pensar que esos mismos ciudadanos están hartos, muy hartos, de los actuales y de los anteriores gobernantes y tienen muchas ganas de mandarlos a su casa.

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