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Cayetano González

El zulo y la playa

He hecho muy bien Cantó en recordar que, mientras España entera vivía sobrecogida el secuestro de Miguel Ángel Blanco, Otegi disfrutaba plácidamente de un día de playa.

Cayetano González
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Ha estado muy oportuno el miembro de Ciudadanos Toni Cantó recordando en Twitter que en estos días se cumple el vigésimo segundo aniversario de la liberación por parte de la Guardia Civil del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, al que ETA mantuvo secuestrado 532 días, y del asesinato a cámara lenta por parte de la banda terrorista del joven concejal del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco.

El recordatorio de Cantó resaltaba de manera brutal que, mientras que las manecillas del reloj avanzaban inexorablemente hacia las 16 horas del sábado 12 de julio de 1997, momento en que finalizaba el plazo de cuarenta y ocho horas dado por ETA al Gobierno para que acercara a todos los presos de la banda a cárceles de País Vasco, o en caso contrario mataría a Miguel Ángel Blanco, Arnaldo Otegi gozaba de los placeres de la naturaleza en la incomparable playa de Zarauz.

Fue el propio Otegi el que en una entrevista, hace dos años, con Jordi Évole recordaba que ese día se encontraba con su mujer y sus hijos en dicho lugar:

Estaba en la playa como un día normal, estaba como decenas de miles de personas. Y me llamó mucho la atención el silencio que había en la playa, es decir, era como la antesala de una gran tragedia.

Obsérvese la fina sensibilidad de este individuo al recordar aquellas angustiosas horas, en las que España entera contenía la respiración ante el más que previsible fatal desenlace del secuestro de Blanco. La misma sensibilidad que veintidós años después puso de manifiesto Otegui en la entrevista de TVE de la pasada semana, cuando dijo que lamentaba y pedía disculpas por el dolor, más allá del estrictamente necesario, que se había causado a las víctimas con los crímenes de ETA.

El recordatorio de Cantó ha sido oportuno, fundamentalmente, por dos motivos. En primer lugar, porque en estos momentos, en los que el PSOE de Sánchez ha decidido pactar con los conmilitones de Otegi en Navarra; en unos momentos en los que la televisión pública, siguiendo obviamente instrucciones del Gobierno, decide blanquear a Otegi con una entrevista en prime time –aunque con muy poco éxito de audiencia–, recordar la calaña del personaje no está de más.

En segundo lugar, porque, cuando se quiere presentar, por parte de algunos responsables políticos, de la mayor parte de medios de comunicación, de muchos tertulianos, a Vox como un partido sumamente peligroso para el actual sistema democrático, incluso llegando a ponerlo a la misma altura que Bildu, hay que recordar que en ese partido milita –y fue uno de sus fundadores– José Antonio Ortega Lara, o que su presidente es Santiago Abascal, a quien ETA tenía en el punto de mira –como tuvo a su padre–.

En unos momentos en lo que casi todo parece el mundo al revés, recordar aquellos días de julio de 1997 que van desde la liberación de Ortega Lara al asesinato de Miguel Ángel Blanco, recordar cómo España entera se movilizó contra el terrorismo de ETA y contra el nacionalismo asfixiante que encarnaba el PNV, tiene que servir para rearmarse moralmente y hacer frente a algunas actuaciones que está llevando a cabo el PSOE de Sánchez, como pactar con Bildu en Navarra o blanquear a Otegui en la televisión pública de todos los españoles, ofendiendo de esa manera a la memoria de todas las víctimas del terrorismo.

En este contexto, las últimas líneas de este artículo quiero dedicarlas a la memoria de una persona de bien, valiente, con principios, que nos acaba de dejar y que, como fiscal jefe de la Audiencia Nacional, nunca tuvo dudas a la hora de plantar cara a ETA. Descanse en paz Eduardo Fungairiño.

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