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En el adiós político de Ramón Jáuregui

Es una buena persona, un buen socialista, un buen vasco, un buen español, y ha sido un buen político.

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Ramón Jáuregui, en imagen de archivo | EFE

El socialismo vasco ha sido tradicionalmente una buena cantera de políticos y sindicalistas que han tenido su influencia y dejado su impronta en la vida política vasca y española. Desde el histórico Antonio Amat, pasando por Ramón Rubial, Nicolás Redondo Urbieta o Enrique Múgica, hasta algunos más recientes, como Txiki Benegas, Nicolás Redondo Terreros, Rosa Díez, Fernando Buesa, José Antonio Aguiriano o Juan Manuel Eguiagaray. A este grupo de socialistas vascos importantes pertenece por derecho propio Ramón Jáuregui Atondo, actual eurodiputado en Bruselas, que acaba de anunciar su retirada de la política.

Jáuregui es una buena persona, un buen socialista, un buen vasco, un buen español, y ha sido un buen político. Creo que, en la hora de su adiós, el que esto escribe, que le trató de manera cercana durante bastantes años, tiene la obligación de destacar la contribución de un político honrado a la lucha por la paz y la libertad en unos años muy difíciles en el País Vasco.

Desde que se afilió al PSOE y a la UGT, en 1973, Ramón Jáuregui lo ha sido todo y ha ejercido muchas y distintas responsabilidades políticas. Ha sido teniente de alcalde de San Sebastián, ciudad en la que nació en 1948; secretario general de la UGT de Guipúzcoa y de Euskadi; parlamentario vasco en diferentes etapas; delegado del Gobierno en el País Vasco entre 1983 y 1987; secretario general del PSE-EE; diputado en el Congreso por Álava; ministro de la Presidencia con Zapatero, entre octubre de 2010 y diciembre de 2011, y eurodiputado socialista en Bruselas, en la que será su última responsabilidad pública.

Pero, en mi opinión, su etapa más importante hay que situarla cuando, tras la escisión sufrida por el PNV en 1984, que condujo al nacimiento de Eusko Alkartasuna, el entonces lehendakari, José Antonio Ardanza, tuvo que convocar elecciones autonómicas en noviembre de 1986, al carecer de los apoyos necesarios para seguir gobernando. En aquellas elecciones, el PSE fue la primera fuerza en escaños, con 19, seguido del PNV, que se quedó en 17. Ante la renuncia de los socialistas vascos a liderar ese Gobierno, Ardanza dio un paso adelante y llegó a un pacto con el PSE, por el que Jáuregui se hizo cargo de la vicepresidencia del Ejecutivo autonómico, lo que le dio un un importante peso político.

Ese Gobierno de coalición PNV-PSE, en aquel momento concreto y en líneas generales, fue bueno para el País Vasco, y de eso tuvo bastante culpa Ramón Jáuregui, porque supo ocupar una parcela de poder en predios que hasta entonces había monopolizado el PNV.

Jáuregui era y es un hombre dialogante, respetuoso con el que no piensa como él. Se movía personal e ideológicamente en el ámbito del socialismo de raíz cristiana. Cultivaba bien su imagen y tenía un buen nivel de interlocución con los nacionalistas, que lo respetaban, sobre todo el lehendakari Ardanza. Sus posiciones en torno a la lucha contra ETA siempre fueron claras –hay que recordar el episodio en que aquel diputado de Herri Batasuna, Mikel Zubimendi, vertió un saco de cal viva sobre su escaño en el Parlamento vasco–, aunque, como les pasó a otros dirigentes socialistas, se dejó abducir a partir de 2004 por el mal llamado proceso de paz pilotado por Zapatero y Rubalcaba. No mostró nunca una oposición abierta a ese proceso de negociación política con ETA, aunque tampoco estuvo involucrado en él, muy al contrario que su compañero de partido Jesús Eguiguren.

El balance de la vida política de Jáuregui es bastante positivo. A ello contribuyen sin duda las dramáticas condiciones en las que –al igual que otros dirigentes del PSE y del PP vasco– tuvo que desarrollarla. Cuando la prioridad en la política vasca era la lucha contra el terror, la defensa de la libertad, de la vida y de la democracia, tener a personas como Ramón Jáuregui en primera línea era una garantía de que esos valores iban a estar bien defendidos. Por eso, en la hora de su adiós político, no quería que faltara mi humilde homenaje a la persona y la figura de este buen socialista vasco y español.

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