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Cayetano González

Juego de pillos

La gravedad de la situación es tal que lo más democrático sería dejar que los ciudadanos pudieran opinar, es decir, celebrar con urgencia unas elecciones generales.

Cayetano González
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El grado de descomposición de la política en nuestro país ha llegado hasta tal punto que la mayor parte de los dirigentes políticos mueven sus fichas pensando única y exclusivamente en sus intereses personales o partidistas, que suelen ser cortoplacistas, mediocres y desde luego muy alejados de lo que esos mismos dirigentes proclaman constantemente con tanta ligereza: el interés general.

Cuando la gravedad de la situación es de tal magnitud que lo lógico y más democrático sería dejar que los ciudadanos pudieran opinar, es decir, celebrar con urgencia unas elecciones generales, resulta que el que, de acuerdo con la Constitución, tiene en exclusiva la potestad de disolver las Cortes y convocar elecciones, que no es otro que el presidente del Gobierno, se enroca en la Moncloa y se niega en redondo a esa posibilidad. Pero es que el líder del principal partido de la oposición opta por echar mano de una herramienta prevista en la Constitución y presentar de manera precipitada una moción de censura que para salir adelante debería contar con el apoyo de los partidos independentistas catalanes, del PNV, del brazo político de ETA y de Podemos. ¿Qué hace el PSOE con esos compañeros de viaje? Buena pregunta para ser contestada por Pedro Sánchez.

Mientras tanto, Ciudadanos, cogido por sorpresa por este movimiento táctico del PSOE, defiende, y con razón, que lo que necesita España son unas elecciones generales. Esa reivindicación sería más creíble si el partido de Rivera se lo hubiera pensado mejor y el pasado miércoles no hubiera propiciado, con su voto a favor de los Presupuestos Generales del Estado, la continuidad de Rajoy en la Presidencia del Gobierno. Porque si, como dijo el líder de Ciudadanos, la sentencia de la Gürtel, conocida al día siguiente de ese apoyo parlamentario, supone un antes y un después en su relación con el Gobierno del PP, habría que preguntarle a Rivera si es el único español que no esperaba una sentencia de ese estilo y unas condenas como las que se produjeron.

A este juego de pillos en el que tristemente se ha convertido la política se ha sumado la presidenta del Congreso, Ana Pastor, convocando de manera urgente, aunque dentro de los plazos que permite el reglamento de la Cámara, el debate de la moción de censura para el jueves y el viernes de esta semana. Así favorece los intereses personales y partidistas de Rajoy, que obviamente son también los suyos, y perjudica teóricamente los de Pedro Sánchez, dejándole a este con muy poco margen de tiempo para conseguir los apoyos necesarios para sacar adelante la moción.

La situación es realmente endiablada, porque, por un lado, no parece lógico que Rajoy siga un minuto más al frente del Gobierno, después de lo que ha pasado en las últimas semanas. La sentencia de la Gürtel ha sido letal para su partido, del que es presidente desde octubre de 2004. Este lunes ha vuelto a entrar en prisión quien él nombró tesorero del PP. Hace un mes tuvo que irse a su casa, por el famoso video de los botes de cremas y por el famoso máster, la presidenta de la Comunidad de Madrid. Esta pasada semana entró en prisión el expresidente de la Comunidad de Valencia y exministro de Aznar Eduardo Zaplana. Están pendientes varias sentencias de casos de corrupción que afectan al PP. Con este panorama, la continuidad de Rajoy al frente del Gobierno y del PP –que sigue cayendo en picado en las encuestas– se convierte ya en un grave problema para todos, empezando por los populares.

Lo más sensato sería que, bien con motivo de la moción de censura presentada por Sánchez o en otra posterior, los tres partidos de ámbito nacional que están en la oposición –PSOE, Podemos y Ciudadanos– pactaran sacar a Rajoy de la Moncloa, pero con el compromiso de convocar de manera inmediata –por ejemplo, a la vuelta del verano– elecciones generales. Es lo que dicta el sentido común y también es lo más democrático: dejar que la gente hable y decida en las urnas.

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