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La excelente opinión que Rajoy tiene de sí mismo

No sé qué es peor: si la injustificada buena opinión que Rajoy tiene de sí mismo o la sonrojante adulación que le muestran en el PP.

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No sé qué es peor: si la injustificada buena opinión que Rajoy tiene de sí mismo o la sonrojante adulación que le muestran –salvo contadísimas excepciones– los que integran no sólo su círculo íntimo en la dirección del partido y del Gobierno, también toda la estructura orgánica del PP, y que tiene como consecuencia directa la ausencia total de debate interno y la sumisión, también total, a lo que el líder diga o haga.

Después de perder el PP el pasado 20-D uno de cada tres votantes con respecto a los que tuvo en el 2011, y haberse dejado por el camino 63 diputados, hubiese sido deseable un mínimo, aunque fuera sólo un mínimo, de autocrítica; reconocer que algo, aunque sólo fuera un poco, se ha hecho mal durante los cuatro años en que el PP con Rajoy al frente ha estado en el Gobierno de la Nación.

Muy al contrario, el mantra que todos los portavoces oficiales del partido han repetido hasta la saciedad es que el PP ganó las elecciones, al ser la lista más votada, con una diferencia de 1.700.000 votos y 33 diputados respecto al segundo, el PSOE. El argumentario popular concluía que les correspondía liderar el próximo Gobierno y que nadie tuviera dudas de que Rajoy se sometería, si así se lo proponía el Rey, a la sesión de investidura; y sería en ese solemne acto donde daría a conocer sus propuestas de gobierno, que serían tan generosas –añadían sus corifeos– que ni el PSOE de Sánchez las podría rechazar.

Todo este planteamiento saltó por los aires cuando el pasado viernes Rajoy declinó la oferta que le hizo el Rey de ser el primero en someterse a la investidura, a pesar de que sólo veinticuatro horas antes había declarado muy campanudo, a las puertas del Museo del Prado, que se encontraba con fuerzas y que por supuesto que iba a someterse a la investidura. En su intento de explicar este cambio de última hora, Rajoy se agarró a dos argumentos: que no tenía más que 122 votos seguros –algo que hasta el españolito menos interesado por estas cuestiones sabía desde la propia noche electoral– y que la oferta de Pablo Iglesias de un Gobierno de coalición al PSOE le había hecho replantearse el asunto. Excusas de mal perdedor.

Y fue en ese punto de la comparecencia de Rajoy donde volvió a aflorar esa injustificada autoestima que el personaje tiene de sí mismo. Se pudo ver a un Rajoy relajado, como si se hubiera quitado un peso de encima, sonriente, satisfecho de esa pirueta estratégica que acababa de llevar a cabo, y que hacía que la presión cambiara de barrio y se fuera a la sede socialista de la calle Ferraz.

Lo de menos, para Rajoy, era el feo institucional que suponía declinar el ofrecimiento del Rey; lo de menos era romper con el hilo argumental que venían defendiendo los suyos y él mismo desde el día de las elecciones; lo de menos era hacer algo totalmente distinto a lo que había anunciado sólo veinticuatro horas antes.

Era la culminación, de momento, de un proceso de ensimismamiento que tuvo su comienzo en marzo de 2008, cuando, tras perder por segunda vez unas elecciones generales contra Zapatero, Rajoy iba diciendo a todo el que le quería oír que tenía derecho a una tercera oportunidad, como la tuvo –añadía– José María Aznar, que efectivamente ganó las elecciones generales a Felipe González en 1996 tras perderlas en 1989 y 1993. Y Rajoy tuvo esa tercera oportunidad, en 2011, cuando, más por el hartazgo de los españoles con Zapatero que por méritos propios, consiguió una mayoría absoluta de once millones de votos y 183 diputados, que en sólo cuatro años el político gallego ha dilapidado y dejado en 3.650.000 votos y 63 diputados menos.

La sola posibilidad de pensar que podría ser el primer presidente del Gobierno desde la Transición que sólo estuviera una legislatura en La Moncloa, viniendo además de una holgada mayoría absoluta y después de haber salvado a España de caer por el precipicio ante el que la dejó Zapatero, es algo que Rajoy no acepta de buen grado. Él cree que se ha ganado el derecho a seguir liderando este país, aunque los españoles en las urnas se lo hayan cuestionado de una forma contundente.

Alguien en su partido debería empezar a decir a Rajoy que él ya forma parte del problema, no de la solución. Del problema de intentar gobernar España tras el complicado mapa que las urnas dejaron el 20-D; del problema del desmoronamiento del partido que ha aglutinado desde 1990 al centro-derecha y que está pidiendo a gritos una refundación, que pasa, de entrada, por un relevo generacional. Rajoy tiene que irse a su casa, y cuanto más tarde en hacerlo, peor será, no sólo para él, que a fin de cuentas es lo menos importante, sino para su país y para los intereses de su partido, que a día de hoy sigue presidiendo. ¿Habrá alguien en el PP que se atreva a decírselo a la cara? De momento sólo dos, Aznar y Esperanza Aguirre, y en menor medida Juan Vicente Herrera, han apuntado en esa dirección.

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