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Los dos agujeros negros del PP

Ni en Cataluña ni en el País Vasco es percibido como una alternativa política e ideológica seria.

Cayetano González
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El partido que gobierna en España con una holgada mayoría absoluta en el Congreso, en el Senado, en once de las diecisiete comunidades autónomas y en los principales ayuntamientos del País tiene sin embargo un problema político de primer orden, traducido en una falta de presencia e influencia en las dos comunidades –Cataluña y el País Vasco- gobernadas por los nacionalistas, que además son las que, con diferente ritmo, buscan separarse de España.

En ambas, el PP es la cuarta fuerza política. En Cataluña, en las elecciones autonómicas celebradas hace menos de un año, en noviembre de 2012, los populares tuvieron el 12,99% de los votos y 19 escaños (de 135). Quedó por detrás de CIU (30,68% y 50 escaños), ERC (13,68 y 21) y PSC (14,43 y 20). En el País Vasco no le fueron mejor las cosas a los populares en las elecciones autonómicas de octubre de 201 ya que el partido que entonce lideraba Antonio Basagoiti sacó el 11,73% de los votos y 10 escaños en un Parlamento de 75, por detrás del PNV (34,64% y 27 escaños), EH-Bildu (25% y 21 escaños) y PSE (19,13% y 16 escaños).

Las previsiones electorales para el PP en ambas comunidades no son nada halagüeñas. En Cataluña hay encuestas que ya colocan a Ciudadanos por encima de los populares. En el País Vasco no se ve que a corto plazo pueda mejorar esa cuarta posición, y, lo que es peor, lo más probable es que pierda sus dos bastiones –la Diputación Foral de Álava y el Ayuntamiento de Vitoria– en las elecciones municipales y forales que tendrán lugar en la primavera del 2015.

Complejo ante el nacionalismo

¿Por qué el PP tiene esta posición política de debilidad en Cataluña y el País Vasco? No hace falta ser un gran politólogo para responder esta pregunta: porque en ambas CCAA no es percibido como una alternativa política e ideológica seria, consistente, madura, que quiera y pueda hacer frente al nacionalismo. Es más, en algunos momentos el PP ha buscado, fundamentalmente para no ser mal visto por el establishment de dichas comunidades, asimilarse al paisaje nacionalista, tonteando con CIU o con el PNV o con ambos a la vez; y ya se sabe lo que el electorado hace en esas ocasiones: quedarse con el original y rechazar la fotocopia.

Hasta que el PP no se quite esos complejos y no plantee la batalla política al nacionalismo secesionista -y al socialismo federalista en Cataluña-, y defienda los valores constitucionales, entre los que ocupa un lugar muy destacado la unidad de la Nación y la igualdad de los ciudadanos, independientemente del territorio donde vivan o residan, no tendrá nada que hacer. Seguirá siendo un partido irrelevante en Cataluña y el País Vasco, porque no será referente de nada ni de nadie.

La oferta de Cospedal

No sé si fruto de ese estado casi comatoso, electoralmente hablando, en el que se encuentra el PP en Cataluña, la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal, ha hecho este lunes una oferta para lograr un pacto constitucionalista en dicha comunidad. Un pacto que, siendo serios, sólo puede ir dirigido a Ciudadanos, porque no esperará la número dos del PP que el PSC se caiga ahora del caballo o que la Unió de Duran Lleida esté dispuesta a dejar la federación con Convergència, gracias a la cual él es diputado en el Congreso y su partido puede mantener las siglas.

No sé qué posibilidades y en qué términos concretos se podría producir el acuerdo entre el PP y Ciudadanos. En el plano teórico, y como el propio líder de esta formación, Albert Rivera, ha destacado, es la hora de sumar, no de restar, y de dejar de lado los intereses de cada formación. Eso se dice muy fácilmente, aunque luego unos y otros lo tienen que plasmar en la realidad, lo que no suele ser tan sencillo. Pero, sobre todo, ese hipotético pacto lo que debería conseguir es que los ciudadanos de Cataluña que no quieren sumarse a las aventuras independentistas de CIU y ERC, o al federalismo sin sentido del PSC, tengan un sitio donde ir y sentirse cómodos. Y eso implica hacer un pacto muy constitucionalista y muy español, por entendernos, lejos de veleidades nacionalistas que a nada conducen.

El último error de Arantza Quiroga

En el País Vasco, el PP sigue cometiendo errores graves. Así, por ejemplo, la misma semana en que, de forma torpe, la sucesora de Basagoiti al frente del partido, Arantza Quiroga, imploraba al PNV y al PSE sumarse al acuerdo firmado por ambos en los ámbitos fiscal y económico, el lehendakari Urkullu anunciaba en el Parlamento vasco su intención de pactar un nuevo estatus político para Euskadi en el 2015 que contemple el derecho a decidir. Con lo cual la estrategia política de los Quiroga, Oyarzabal, Semper y Cía. quedaba en el más absoluto de los ridículos, y se ofrecía una imagen de debilidad y falta de criterio.

El PP en el País Vasco tiene que volver a recuperar los valores y los principios que en un pasado reciente hicieron de él un referente para muchos miles de vascos no nacionalistas. Eso lleva aparejado trabajar por ser una alternativa al nacionalismo... y creérselo. El problema, que también lo tiene el PP en Cataluña, es si con los actuales líderes y responsables regionales eso es posible. En vista de la falta de rectificación del discurso y del quehacer político del que han hecho gala tras la debacle electoral de hace un año en una y otra comunidad autónoma, parece evidente que no.

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