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Los españoles pueden estar tranquilos

¿De verdad que los españoles pueden estar tranquilos, señor presidente del Gobierno en funciones?

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No llevo la cuenta de las veces que el presidente del Gobierno en funciones ha repetido esta manida frase cada vez que el proceso soberanista de Cataluña le ha puesto contra las cuerdas, obligándole a salir ante la opinión pública. Pero tengo la certeza de que cada vez que Rajoy la pronuncia resulta menos creíble, a la par que aumenta exponencialmente la preocupación o el cabreo en esos ciudadanos españoles a los que el jefe del Ejecutivo apela, al no entender cómo se ha dejado llegar tan lejos la ensoñación independentista de los Mas y Junqueras de turno.

No hace tanto tiempo, en el otoño de 2012, tras la celebración de la Diada de ese año, el presidente del Gobierno calificó de "dimes y diretes" todas las especulaciones políticas y periodísticas que se hacían en torno a las intenciones independentistas de la entonces todavía CiU y de ERC. Rajoy llevaba un año en La Moncloa y empezó a aplicar a la cuestión catalana su estrategia favorita cuando ha tenido un problema de índole política: no hacer nada y confiar en que el simple paso del tiempo lo arregle todo.

Pero el tiempo fue pasando y la situación no sólo no se arregló sino que claramente empeoró. Un momento ciertamente irritante para todos los españoles que quieren creer que la ley es igual para todos fue el 9 de noviembre de 2014, cuando, después de jurar y perjurar Rajoy que no permitiría que se celebrara ningún referéndum en Cataluña, las urnas se pusieron en la calle y todos aquellos ciudadanos que quisieron pudieron votar en algo que fue calificado de "pantomima" pero que contó para su celebración con todo el apoyo logístico de la Generalitat. Todavía hoy es el día en que ningún responsable político –empezando por el ya expresidente Mas– ha pagado, penalmente hablando, por ello.

Mientras tanto, el inquilino de La Moncloa, cada vez que era preguntado por el desafío secesionista de Cataluña, solía responder poniendo una vela a Dios y otra al diablo: reafirmaba su firme voluntad de que mientras fuera presidente del Gobierno no permitiría la separación de Cataluña del resto de España, y al mismo tiempo hacía continuas ofertas de diálogo y de mano tendida a los máximos dirigentes de la Generalitat. Cuando ya se convenció de que lo del diálogo era una oferta que sonaba ridícula, dejó que su ministro de Asuntos Exteriores empezara a hablar de una posible reforma de la Constitución para buscar un mejor encaje de Cataluña en España; e incluso el lenguaraz Margallo llegó a calificar de "bomba" la posible aplicación del artículo 155 de la Constitución, como si los padres constituyentes y quienes la aprobaron fueran unos locos y unos insensatos al pensar en ese instrumento, la suspensión de la autonomía, si se diera el caso de clara desobediencia por parte de las autoridades de una comunidad autónoma.

¿Por qué los ciudadanos tendrían que creer a Rajoy ahora que acaba de tener un serio revés en las elecciones generales, cuando lleva al menos tres años escurriendo el bulto en la cuestión catalana? ¿Qué credibilidad tiene quien no ha sabido hacer frente, con una mayoría absoluta que le permitía un enorme margen de maniobra, al mayor desafío a la ley y al Estado de Derecho que alguien ha planteado desde la transición política?

Por no hablar de la declaración institucional de Rajoy de este pasado domingo por la tarde sin admitir preguntas -¿cuándo los medios de comunicación serán capaces de ponerse de acuerdo para no aceptar este tipo de comportamientos infumables de responsables políticos?-, que sonó más bien a la de un presidente del Gobierno en funciones que está buscando desesperadamente apoyos para una investidura que a día de hoy la tiene imposible. Un presidente en funciones que aprovecha esa situación de extrema gravedad institucional para, por un lado, sacar pecho y dar una apariencia de firmeza y, por otro, meter presión al líder del PSOE, Pedro Sánchez, para que pase por el aro de formar un gobierno de coalición en el que Rajoy se ve de Presidente.

Subrayar, como hizo Rajoy en su declaración institucional, que ha dado instrucciones para que "cualquier actuación que pueda adoptarse por el nuevo Gobierno de Cataluña, de su presidente, de su Parlamento o de cualquier otra institución, que suponga la vulneración de la Constitución y del ordenamiento jurídico para que tengan la respuesta del Estado de Derecho para defender la democracia y la ley" es de una inanidad muy propia del personaje, porque sólo faltaría que el Estado no actuara cuando se vulnera la ley. Aunque no se puede obviar que esa ley se ha incumplido reiteradamente en los últimos años en Cataluña, y quienes lo han hecho se han ido de rositas.

Los nacionalistas tienen una habilidad especial para oler la debilidad del contrario y cuando la detectan lo aprovechan y abusan de esa situación. A Rajoy ya le han cogido el pulso hace tiempo y por eso, entre otros motivos, el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se ha permitido decir este lunes que lo manifestado por el presidente del Gobierno en funciones "son unas declaraciones en funciones" que le interesan más bien poco porque provienen de "un proyecto que se acaba". Es decir, que Puigdemont sabe de la debilidad política de Rajoy y pasa absolutamente de sus advertencias. ¿De verdad que los españoles pueden estar tranquilos, señor presidente del Gobierno en funciones?

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