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Los nacionalistas son así

Sin ningún tipo de pudor, han puesto al descubierto todas sus vergüenzas, que se resumen en una: el ansia de poder.

Cayetano González
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No sé en qué acabará el vodevil en el que se encuentran metidos Artur Mas y Oriol Junqueras a cuenta del adelanto o no de las elecciones autonómicas en Cataluña, y si van o no en lista única o mediopensionista; no sé si este martes el todavía presidente de la Generalitat dirá algo definitivo al respecto o se limitará a mandarle otro sms al líder de Esquerra Republicana y a llamarle "regionalista", que para un nacionalista independentista es el mayor insulto que se puede recibir, mucho peor que el "españolazo" que tanto se utilizaba en el País Vasco por parte de los del PNV y de Batasuna en los años de plomo, y que seguro que algunos siguen utilizando.

Pero lo que sí sé es que el espectáculo dado por los dos dirigentes nacionalistas catalanes desde el merendéndum –la propiedad intelectual de este término es de Federico Jiménez Losantos– del 9-N es de los que marcan época. Sin ningún tipo de pudor, han puesto al descubierto todas sus vergüenzas, que se resumen en una: el ansia de poder. Artur Mas en conservarlo y Oriol Junqueras en llegar a él.

Como el actual presidente de la Generalitat y líder de CIU se sintió reforzado con el merendéndum, y así lo han reflejado las encuestas de intención de voto hechas después del 9-N, no está dispuesto a que Junqueras le coma tan pronto la tostada. Por eso se ha empecinado en lo de la lista única, por supuesto, encabezada por él. Qué amigos son algunos catalanes de la cosa única: editorial único en los periódicos, candidatura única, bandera única, himno único… ¿A qué les suena esa tendencia tan enfermiza y tan poco democrática a la unidad, a la uniformidad, al prietas las filas de los nacionalistas en general?

Mientras tanto, Junqueras, sintiéndose fuerte, y tiene motivos para ello, se ha negado en redondo a darle no un cheque en blanco sino toda la banca al señor Mas. Nada de lista única, dice el líder de ERC, sino que cada partido teste su fuerza electoral en las urnas. Parece sin duda más lógico.

Ahora bien, a nadie que conozca un poco el nacionalismo y a los nacionalistas les debería sorprender en exceso el espectáculo al que hemos asistido en estas últimas semanas. El nacionalismo es así: so capa de aparentar poner a su país por encima de cualquier cosa; so capa de pregonar a los cuatro vientos que España no les deja decidir su futuro, que se sienten subyugados por el Estado –lo de la "bota de Madrid" que acuñó en su día Arzalluz ya no se estila–; so capa de presentarse como los más puros en la defensa de los intereses de los ciudadanos, al final no pueden evitar que les salga el pelo de la dehesa: el egoísmo, los intereses partidistas, los cálculos a corto plazo, el ansia de poder.

Me imagino que, si al final hay elecciones anticipadas, sean con lista única o no, los partidos independentistas catalanes no van a pagar en exceso en las urnas su desencuentro de estas semanas. Pero al menos se les ha visto claramente la patita. Y esto, unido a que al final no era España quien les robaba sino el padre espiritual del nacionalismo catalán, Jordi Pujol i Soley, con casi toda su familia, algo de daño sí les hará. O al menos servirá para poner de relieve que no se puede ir tan puro por la vida. Parece claro que algunos nacionalistas, si tienen que elegir entre el patriotismo, el poder o el patrimonio, se inclinan sin ningún género de dudas por la segunda o la tercera opción, dejando la primera para los pardillos, que también los hay en las filas independentistas.

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