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Mediocridad y sumisión

El actual Gobierno, empezando por su presidente, y el propio PP necesitan de revolcones como el que les ha propinado Aznar.

Cayetano González
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Las reacciones habidas en el Gobierno y en lo que queda del PP verdadero, que diría Ansón, a las declaraciones del expresidente Aznar ponen de manifiesto las dos notas que dan título a esta columna: mediocridad de unos dirigentes del partido mayoritario del centro-derecha que Aznar refundó y sacó a flote hace veintitrés años y sumisión de los aparateros al jefe, no sea que se moleste si no se siente apoyado, defendido de las críticas, y decide que no vayan en las listas en las próximas elecciones.

Para esos dirigentes mediocres y sumisos, lo de menos es si Aznar tenía razón o no en lo que dijo; tampoco les importa si los votantes y militantes del PP se fueron esa noche a la cama con un subidón de autoestima al oír lo que hacía tiempo querrían haber oído de quien ahora es el líder del partido y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey. Plantearse ya si Aznar, como presidente del Gobierno que fue durante ocho años, en una de las etapas más fructíferas para España, y del PP durante catorce, tiene todo el derecho a expresar su opinión es ya mucho pedir al personal mediocre y sumiso.

Lo fácil es la descalificación personal, y lo cobarde es hacerlo desde el anonimato. Quienes, dentro del PP, deben todo o casi todo, políticamente hablando, a Aznar le han llamado, entre otras lindezas, "desleal", "irresponsable", "soberbio", "engreído" y "desagradecido". Cuando se carece de argumentos y además se tiene la conciencia, o al menos la sensación, de que en el fondo el otro tiene razón, la única alternativa que queda a los mediocres es la descalificación personal.

Para todos esos aparateros que se han puesto de los nervios con la sola aparición, durante treinta y ocho minutos, de Aznar en televisión, valga este ejercicio de política-ficción, o no, que diría el actual jefe máximo del PP. Que hagan el esfuerzo de imaginarse un Congreso del PP con listas y candidaturas abiertas, en el que pudieran votar todos los militantes, en el que Aznar encabezara una candidatura de regeneración en la que estuvieran, pongo por caso, Esperanza Aguirre, María San Gil, Jaime Mayor Oreja, Manuel Pizarro, Alejo Vidal-Quadras, Ángel Acebes, Santiago Abascal y un referente para muchos votantes del PP, víctima del secuestro terrorista más cruel de la historia de ETA, que fue militante de este partido y que lo abandonó hace cinco años, cuando la defenestración de María San Gil. Me estoy refiriendo, obviamente, a José Antonio Ortega Lara. ¿Duda alguno de esos dirigentes peperos que han saltado a la yugular de Aznar de que esa candidatura barrería a cualquier otra que estuviera, pongo también por caso, encabezada por Rajoy e integrada por las Sorayas, los González Pons, los Montoro, las Sánchez Camacho, los Oyarzábal, los Sémper y los Floriano de turno?

No se si en la afirmación de Aznar "cumpliré con mi conciencia, con mi partido y con mi país" está implícita una posible vuelta a la primera línea de la política. Eso será en cualquier caso una decisión del interesado. Lo que si sé es que el actual Gobierno, empezando por su presidente, y el propio PP necesitan de revolcones como el que les propinó Aznar la pasada semana. En Rajoy y en su pléyade de aduladores está el elegir entre el revolcón made in Aznar o el que, en el supuesto más que probable de desdeñarlo, les darán los ciudadanos en las urnas en un futuro próximo.

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