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No olvidar lo inolvidable

El atentado del 11-M fue un ataque a España, a nuestra democracia, a nuestro sistema de libertades.

Cayetano González
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Este miércoles se cumple el undécimo aniversario del mayor atentado terrorista que ha sufrido España: 192 muertos y cerca de 2.000 heridos que viajaban en los trenes del Corredor del Henares en aquella fatídica mañana del 11 de marzo de 2004. Un atentado, nunca será un tópico repetirlo ni recordarlo, que cambió para mal el curso de nuestra historia reciente. Para eso se planificó y se cometió. Y las mentes perversas que lo diseñaron bien que consiguieron su objetivo.

Cuando la vida política nacional se mueve entre el fango y la descomposición más absoluta –lo sucedido en los últimos días a cuenta de la designación por el dedo divino de Rajoy de los candidatos del PP en Madrid es buena prueba de ello, aunque no la única–, me parece más necesario que nunca volver a fijar la mirada y el recuerdo en las víctimas de aquel brutal atentado. Cuando estas, al igual que las víctimas de ETA, se han convertido en un estorbo y en una molestia para los poderes públicos, los ciudadanos tenemos la obligación y el deber moral de estar cada día más cerca de ellas, de no dejarlas nunca solas, haciendo nuestro ese lema, de gran fuerza interior, que acuñó Gabriel Moris, una de las víctimas del 11-M: "No olvidar lo inolvidable".

Bastante tienen las víctimas del terrorismo con su dolor, con intentar sobrellevar el duelo personal que supone haber perdido a un ser querido en circunstancias tan trágicas; bastante tienen con tener que comprobar cómo con el paso del tiempo son olvidadas y preteridas por los poderes públicos; bastante tienen con tener que convivir con la íntima convicción de que en el caso del atentado del 11-M hay muchas, infinitas incógnitas que no han sido resueltas por la sentencia del juicio que se llevó a cabo; bastante tienen con ser conscientes de que lo que ha venido en denominarse los "autores intelectuales" del atentado siguen campando a sus anchas, para que a todo eso se añada el olvido de sus compatriotas, de sus conciudadanos.

Las víctimas son víctimas muy a su pesar. No han elegido esa condición. Les ha sobrevenido. Se ha dicho, y con razón, que una sociedad que no sabe honrar, que olvida a sus muertos en atentados terroristas, es una sociedad enferma. El atentado del 11-M fue un ataque a España, a nuestra democracia, a nuestro sistema de libertades. Y, por lo tanto, de alguna manera ese día todos fuimos víctimas, aunque los que viajaban en los trenes y sus familiares lo fueron en mayor medida.

Tengo para mí que, por mucho que se empeñen nuestros políticos y nuestras instituciones en ahondar en ese olvido, la inmensa mayoría de los ciudadanos nunca lo harán. En ese sentido, las nuevas generaciones de españoles, esos jóvenes que eran unos niños cuando el atentado del 11-M, o cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco, o el de Gregorio Ordoñez, pongo por caso, cuando se les explica y conocen la tragedia que hemos vivido en España saben reaccionar y dan lo mejor de ellos mismos. Por eso es tan importante el trabajo de personas como Iñaki Arteta, que con sus documentales y películas –la última, titulada 1980, es sencillamente estremecedora para rememorar el año más sangriento de ETA– contribuyen a lograr esos objetivos.

Ante un nuevo aniversario del 11-M, la primera y principal consideración debe ser el recuerdo y la memoria de las víctimas. Pero también conviene subrayar que muchos de los males que hoy padecemos, la crisis como Nación que atravesamos, tiene su origen en lo que sucedió aquellos días. Y el empeño de algunos muy poderosos en querer pasar sin más esa página tan trascendente de nuestra historia reciente, sin querer llegar hasta el fondo de lo que sucedió, es algo que no ayuda precisamente a salir de la situación en que nos encontramos.

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