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Cristina Losada

A Podemos le explotan las contradicciones

Los partidos que quieren que se los tome en serio se cuidan de fundar su praxis política en gags y charlotadas para atraer los focos.

Cristina Losada
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Hubo un momento en España en que podía haber sido noticia que Pablo Iglesias Turrión se acababa de comer un bistec con patatas. El dónde y el cómo, detalles como si le gustaban las patatas fritas en plan plebeyo o deconstruidas como en la tortilla de Ferrán Adriá, todo eso hubiera dado para una espléndida noticia, una noticia espectacular, con decenas de miles de lecturas en la prensa, comentarios a favor y en contra, y riadas de tuits, naturalmente. Algún día, tal vez, alguien se pondrá a estudiar el fenómeno de la fascinación de medios y público por el "significante Pablo Iglesias", como él se definía para el interlocutor intelectual de New Left Review, y por su partido. Aunque no sé por qué hablo en pasado: ese momento de enorme interés, de interés morboso, continúa.

Estos días, por ejemplo, se ofrecían en la prensa "guías para entender la pelea en Podemos", en las que se explicaba para los no versados, que en política a los bandos partidarios se los llama "corrientes". Claro que, por lo general, las “corrientes” en los partidos tienen alguna diferencia en las posiciones políticas, y en el caso que nos ocupa los nombres de los grupos que luchan en Podemos son netamente personales. Errejonistas y pablistas, así los identifican los corresponsales de guerra, a los que algunos añadían a los anticapitalistas. Aunque, oiga, ¿eso no lo eran todos? Bueno, es que hay una facción por ahí que se llama Izquierda Anticapitalista. Pero, ¿qué diablos será el errejonismo? ¿Y el pablismo? Cielos, estamos asaltando esto a ciegas.

Los tambores de guerra de Podemos resuenan en los periódicos y en los programas televisivos de mayor audiencia. Ahora, la pregunta en las ruedas de prensa a las figuras del partido es: ¿Y usted qué, errejonista o pablista? Se la hicieron al Kichi y contestó que él era el alcalde de Cádiz. Lástima. Se podía haber inventado otra facción, la suya, la kichista. Porque esta batalla interna de Podemos, sea por lo que sea, sea entre quienes sea, es una tremenda oportunidad publicitaria, una más de las muchas que ha disfrutado, cierto, pero de ningún modo menor en repercusión a las otras. Y, sin embargo, no les gusta nada. Están que echan las muelas. Acusan a los adversarios, a los "sectores oligárquicos", allá vamos a las barricadas, de "sembrar cizaña" para acabar con ellos, y esto al tiempo que Iglesias acaba con los dirigentes que la pifian y le molestan.

Francamente, no lo entiendo. Debo decir que a mí las peleas internas de Podemos me suscitan menos curiosidad que las que libran los gatos callejeros de mi barrio. No logran interesarme las querellas partidarias por el reparto del poder, por los cargos y los puestos. Será un defecto. Pero se vuelve a comprobar que un partido que utiliza con gran provecho la querencia mediática por el espectáculo es incapaz de aceptar que aparezca la otra cara de la fascinación y salgan sus trapos sucios. Miren, la sobreexposición tiene ese precio. Entre otros. De ahí que los partidos que quieren que se los tome en serio se cuiden de fundar su praxis política en gags y charlotadas para atraer los focos.

Una de las armas políticas favoritas de Iglesias consiste en "explotar las contradicciones": las del "sistema", que él sabrá qué es, y las del adversario, que son todos los demás. Si su estrategia es exacerbar las contradicciones ajenas, concederá el diputado que también hagan otros por exacerbar las suyas. No va a detentar en exclusiva esa arma letal. Tampoco hace falta inventárselas. Un partido mutante, radicalmente oportunista como el suyo, las tiene casi por obligación. Un partido que prometió ser circular y es tan piramidal como cualquiera o más, las tiene seguro. Pero ahí están, como un partido de toda la vida, negando la discordia, llamando al cierre de filas.

La única diferencia es que el gran líder lo hace en nombre de la belleza. "Nos brillan los ojos cuando hablamos de ciertas cosas. Nuestros adversarios no soportan esa belleza", escribe con exaltación sentimental. El poeta Marinetti puso en el manifiesto del movimiento futurista, que fue vanguardia cultural del fascismo mussoliniano, que "no hay belleza sino en la lucha". El italiano era escritor. A Iglesias le rogamos que se dedique a otra cosa. Al menos, los partidos de siempre nos ahorraban la mala literatura.

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