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Adelante con la ‘boutade’

¿Y qué hicieron los Mossos? Frente al tumulto, nada. Pasividad. Nada a favor de la ciudadanía.

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El exmayor de los Mossos José Luis Trapero | Europa Press

Tal como estaba anunciado, y como era previsible, los altos mandos de los Mossos que testifican en el juicio por el 1-O tratan de presentar sus decisiones durante aquellos largos días como si hubieran estado dirigidas por el encomiable propósito de hacer cumplir la ley, si bien con la coletilla, allá interpretaciones, de hacerlo sin que afectara a la normal convivencia. Explícita o implícita, la coletilla es sorprendente por lo que asume. Asume que había una convivencia normal cuando la autoridad política regional se disponía a perpetrar la secesión de un territorio por encima de leyes, Constitución y reglas de la democracia. En definitiva, por encima de la ciudadanía.

No había el 1-O en Cataluña convivencia normal que mantener. No la había porque la alteraron y rompieron quienes movilizaron a una parte de la población exacta y ferozmente contra la otra. Que eso es –también exactamente– lo que sucedió. Se empeñan y empeñarán los melindres del separatismo en que el 1-O es una historia de policías brutales contra pacíficos y honrados ciudadanos. De eso nada. Los pacíficos y honrados no hicieron lo que hicieron contra abstracciones, sino contra ciudadanos. Contra los ciudadanos no separatistas de Cataluña y contra los ciudadanos españoles, en su conjunto. Lo supieran o no, y yo pienso que sí, eso fue lo que hicieron. Los policías que intervinieron para hacer cumplir la ley defendieron a los ciudadanos frente a aquella ruptura de la convivencia. Fueron los agentes de la ciudadanía contra el tumulto.

¿Y qué hicieron los Mossos? Frente al tumulto, nada. Pasividad. Nada a favor de la ciudadanía. Pero los mandos, primero Trapero y ahora Ferrán López, cuentan como testigos lo que pueda exonerarlos de culpa. La viga maestra de sus historias es la advertencia. Ambos advirtieron a los políticos de que iba a haber problemas. Problemas de seguridad, desórdenes, conflicto, severas dificultades, situaciones de violencia. López habló de incendio. Las metáforas ayudan mucho. A no aclarar los hechos. "Había elementos altamente inestables que, unos en contacto con otros, podían producir efectos contraproducentes", dijo también. Pura química. Habrá que consultar la tabla de los elementos, a ver. Porque, nombrarlos, no los nombró. En cambio, nombró a los políticos –Puigdemont, Forn, Junqueras– que, avisados de la inestabilidad de los elementos, dijeron: ¡adelante!

Ese ¡adelante! tiene más miga que la propia celebración del ilegal referéndum. Según el testigo, Puigdemont dijo allí, en la última reunión, que "si se producía aquel escenario que nosotros preveíamos, en ese mismo momento declaraba la independencia". Y añadió López: "Yo desconocía si era una boutade". Hay que decir que lo mismo pensaron muchos en toda España cuando empezó lo del proceso. Si no era una boutade, pues de salida ingeniosa tenía poco, era un farol, como luego dijo la prófuga Ponsatí desde Escocia. Van de farol, decían tantos, y acto seguido destapaban el verdadero juego: lo que quieren es el pacto fiscal, el blindaje de competencias, aún más dinero, la Luna. Juicios de intenciones que acaban por diluir los hechos en una sopa de conjeturas. Las mismas conjeturas que después de lo dicho por López quizá sostengan una relación causal entre la intervención contra el referéndum ilegal y la declaración de independencia. Es la trillada argucia de que el Estado provoca los actos del separatismo y nunca al contrario. Porque se pinta tan inocente y tan seráfico que jamás hace nada que en realidad quiera hacer. No debe de haber en todo el orbe nada menos responsable de sus actos que el separatismo catalán. A sus propios ojos, claro está.

La irresponsabilidad ambiental se hizo fuerte en los mandos de la policía autonómica. Frente al ¡adelante! de los políticos, Trapero y compañía se echaron atrás. Incumplieron su obligación. Se sentían en desamparo gubernativo, se excusó López. En situaciones como esa, un cargo público tiene una carta en la manga: la carta de dimisión. Pero no. Esperaron a ver quién ganaba la partida. Aunque, funcionarios precavidos, dejaron unas miguitas aquí y allá para poder hacer el camino de vuelta. Por si la ley y la ciudadanía, a las que dejaron desasistidas, terminaban venciendo.

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