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Cristina Losada

Cifuentes y el espejo

Lo del máster era más grave. No sólo por la conducta de Cifuentes, sino por lo que mostraba de una universidad y, por ende, de la Universidad.

Cristina Losada
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Lo del máster era más grave. No sólo por la conducta de Cifuentes, sino por lo que mostraba de una universidad y, por ende, de la Universidad.
Cristina Cifuentes | EFE

Dimitió por hurtar dos botes de crema para la cara. Si en la prensa nos descuidamos, y ya nos hemos descuidado mucho, ese será el resumen con el que pase a la pequeña historia la dimisión de Cristina Cifuentes. Lo veo en los periódicos del futuro, cuando pasen unos años y tengan que hacer referencia al suceso, porque prácticamente lo estoy viendo en los del presente. Tampoco se lo podré reprochar: no es incierto. No es incierto el hurto y no es incierto que la difusión del hurto en la prensa precipitara una dimisión que ahora todo el mundo ve –incluida seguramente ella misma– que debió haber presentado antes. Sin embargo, no es toda la verdad. Si es que a alguien le importa tal cosa.

El impacto de la revelación del hurto es una cuestión interesante. No hay duda de que lo tuvo y que fue determinante. Ese impacto no hubiera existido sin el soporte visual: un vídeo de seguridad de la cadena de supermercados que recoge el instante en que la entonces diputada y vicepresidenta de la Asamblea madrileña es registrada por los vigilantes de seguridad, y que ha permanecido en alguna parte durante siete años, sin que se sepa aún cómo sorteó la preceptiva destrucción. Esa es otra cuestión de interés. Pero a lo que iba. Los hechos que muestran en un cargo político fallos graves en la conducta personal, fallos de carácter, por así decirlo, tienen un efecto más demoledor que los comportamientos que se insertan en tramas intrincadas de corrupción política.

No todos. O unos más y otros menos. La cutrez de meterse en el bolso dos tarros de crema ha impactado más y ha sido menos sostenible para la expresidenta que todo el serial sobre el máster fantasma que le dio la Universidad Rey Juan Carlos. Así lo vieron al momento los que olfatean los estados de ánimo de las audiencias. Por fin, en vez de papelotes, actas y firmas, algo muy visual y verdaderamente sexy: robar en el supermercado. ¿Cómo resistir el reclamo de ver en tal acto vulgar y despreciable a una política de ringorrango? Esas cosas prenden al instante en el imaginario popular. Se inventan chistes y sátiras, muchas ingeniosas. Es un festival. Y un espejo de cuáles son nuestras debilidades.

Lo del máster era más grave. No sólo por la conducta de Cifuentes, sino por lo que mostraba de una universidad y, por ende, de la Universidad. Por lo que dejaba entrever de intercambio de favores entre miembros de la comunidad académica y políticos. Por lo que permitía intuir sobre el negociado y el negocio de los másters. Porque ponía a la vista, una vez más, una lacra que seguimos arrastrando. El hecho de que hay ámbitos en los que los contactos políticos y las relaciones personales lo pueden casi todo, y el mérito y la capacidad, casi nada. Pero en el campo de batalla político, tal como suele desplegarse aquí, esos problemas de fondo apenas salen a la superficie. A fin de cuentas, por lo que más se lucha en ese campo de batalla es por aniquilar al contrario. Por acabar con rivales, de los cuales los más peligrosos son del mismo partido.

Cifuentes hizo gala de luchar contra la corrupción. Era la sintonía que tocaba. En su caso tocaba la corrupción de los suyos, entendida como la de sus predecesores. Hay quien se pregunta cómo se lanzó cuando tenía sus propios esqueletos en el armario. Aunque la pregunta es cómo no se lanzó mucho más. Para luchar contra la corrupción, si era eso lo que pretendía y no otra cosa, hay que tener la determinación de llegar hasta el final. Si te metes con la mafia, lo único que no puedes hacer es flaquear. Cifuentes, sin embargo, puso su determinación en la causa equivocada: en la defensa de su máster. Una a una fueron cayendo sus defensas y a pesar de ello siguió en sus trece. No fue la primera vez ni será la última que un cargo político prefiere quemarse antes que retirarse. El resultado habitual es que se retiran calcinados. En estado irrecuperable. No es tampoco la primera vez que el Partido Popular deja que se quemen sus cargos sometidos a las turbulencias de las acusaciones de corrupción y similares. No les obligan a dimitir salvo cuando ya están bien chamuscados. A lo mejor, hasta creen que el partido sale indemne.

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