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¡Colócanos a todos!

El gran atractivo del poder no es el poder, sino el poder colocar, que es sinónimo de controlar.

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Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Congreso | EFE

El aspirante Margallo citó el otro día a Romanones a cuenta de la votación en las primarias del PP, no fuera a ser que se emplearan las prácticas en las que tan hábil se mostró el conde en su época. Pero hay más motivos por los que merece citarse hoy al notable político de la Restauración. En sus memorias, comenta aquello célebre que publicó un periódico madrileño cuando dejó de ser alcalde de la capital: "Mañana saldrá para Guadalajara un tren especial conduciendo a los empleados hoy cesantes a este Ayuntamiento y que por él fueron nombrados". Apostilla el conde: "El autor de este suelto quiso, sin duda, molestarme; fue, por el contrario, un reclamo formidable, cuyas provechosas consecuencias duraron largo tiempo". Y tanto.

Tan largo tiempo que, más de un siglo después, el tráfico de cesantes y recién nombrados a la hora de un cambio de Gobierno es espectacular. De entrada, por la cantidad de puestos cuyo nombramiento depende del Gobierno. El Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) cifra el número de altos cargos en liza en más de cuatrocientos, el de sus asesores en más de quinientos y el de los funcionarios de libre designación en casi cinco mil. Este movimiento de cargos parecerá perfectamente normal, y lo es. Lo es en la medida en que por normal se entienda lo habitual. Es habitual que los ocupantes de todos esos puestos cambien cuando cambia el Gobierno. Lo hizo el PP y lo hace el PSOE. Da igual de qué año y partido estemos hablando. Es la práctica establecida, el modus operandi y, cómo no, el modus vivendi.

Hay democracias de Europa Occidental donde lo normal es otra cosa. No ha sido fácil conseguirlo, porque colocar a los nuestros tira mucho en cualquier parte. Pero hay países donde un cambio de Gobierno supone sólo un cambio de ministros y, en ocasiones, de sus asesores. Ocurre en Noruega, Irlanda, Suecia o Dinamarca, entre otros. Los nórdicos, tan ensalzados por los políticos españoles, no son el modelo que seguimos en este vital asunto. En nuestro país, además del cambio de ministros y sus asesores, cambian muchos directivos de primer nivel y parte de los directivos de segundo. Compartimos suerte con Italia. Nos podemos consolar viendo que en otras democracias próximas los trenes de cesados y nombrados van más llenos que los nuestros, como en Portugal y Grecia, pero no nos consolemos mucho.

No nos consolemos mucho, porque perdemos las ventajas de despolitizar la Administración y asegurar la neutralidad de la función pública. Cuanto menor es la intervención de los partidos políticos en ella, más se reduce la corrupción y más mejora la calidad del Gobierno. Hace nada, aún bajo los efectos de la crisis y del estallido de la corrupción, esos criterios contaban con alguna aceptación por parte de las élites políticas. Pero ese afán, que dio en llamarse regeneracionista, ha durado lo justo. Exactamente hasta el instante de ponerlo en práctica. A la primera de cambio, el PSOE ha hecho lo mismo que hacía el PP. Y, claro, cómo no iba a hacerlo, si el PP lo hizo. El bucle.

A lo espectacular del tráfico de cargos se ha sumado esta vez el espectáculo: la disputa por la presidencia de RTVE. Pedro le cedió a Pablo el control de ese puesto, un control por el que suspira Pablo desde que le quiso formar Gobierno a Pedro hace dos años. Pablo propuso nombres de su cuerda, porque está convencido de que tener la tele es tener el poder y no le basta con las teles privadas que le hacen la ola. Además, acabar con "la casta" requiere ir formando una castita propia. Pero la castita es como es. Una de las elegidas retransmitió la pelotera por Twitter al modo de un rifirrafe de tertulia. Tanto ella como el otro candidato de Pablo borraron toda una vida tuitera para llegar con un historial en blanco a la alta magistratura televisiva. Algunos consideraron que también estaban en blanco en experiencia. Los propuestos no gustaron, uno renunció cuando ya no iba a ser y se han tenido que meter nuevos nombres en el bombo. El culebrón continúa.

El gran atractivo del poder no es el poder, sino el poder colocar, que es sinónimo de controlar. Se hablará con desprecio de la Restauración, pero al menos los políticos de aquel régimen no ocultaban lo que hacían. Era público y notorio. Ahora, en cambio, el comercio de favores, la colocación de los propios y el control se cubren con bonitos mantos retóricos. Así ha pasado con la batallita por RTVE, que se libra bajo el lema de despolitizar la televisión pública y de hacerla independiente. ¡Independiente! Pues vaya con los despolitizadores. Si la despolitizan un poco más, escriben el capítulo más politizado de la historia de la gestión de RTVE. Como dijo en otra ocasión memorable Romanones: "¡Joder, qué tropa!".

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