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Cruz (amarilla) y raya

Con las cruces marcan la raya, que es la raya de la exclusión.

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Lo de las cruces da que pensar. Cruces amarillas en las playas es el último grito y el nuevo alarido en favor de los cabecillas del golpe separatista catalán, del propio golpe y del separatismo. Y ya que estamos: bueno sería que los políticos socialistas cuidaran su vocabulario y dejaran de referirse a los golpistas como "exiliados y encarcelados". Lo de las cruces puede ser simplemente práctico. No lo son, en un arenal, unos lazos amarillos, que el viento se puede llevar, sirviendo de aliado circunstancial del feixisme unionista, por usar los término del tronado de Berlín. Ese problema no lo tienen las cruces, pero, aparte de lo práctico, hay que reconocerles lo simbólico. Se puede ver en las cruces un reconocimiento tácito de esa iglesia católica de Cataluña tan próxima al nacionalismo y al separatismo que se ha hecho cómplice.

Los que clavan esas cruces amarillas no sólo marcan con ellas un territorio público que no les pertenece. Marcan el territorio como sagrado. Sagrado e inviolable. Nadie más puede entrar, nadie puede quitar esos mojones suyos, porque nadie más tiene títulos de propiedad sobre el territorio. Esas cruces representan muy bien, mejor incluso que esos lazos, el sentir que late en el movimiento separatista. Son gentes convencidas de que son los propietarios de Cataluña, los amos. Y están convencidas de que lo son, sobre todo, frente a los otros: los que no son catalanes porque no son separatistas.

En un vídeo del incidente ocurrido en la playa de Canet de Mar cuando un grupo de vecinos empezó a retirar las cruces, se ve a los que las habían puesto gritando mientras los perseguían: "¡Españoles de mierda!". Los podían haber insultado igual llamándoles "catalanes", pero no. No hay manera de que los tengan por catalanes, no importa que hayan nacido allí, que vivan allí, que trabajen allí, que voten allí. Es cruz y raya. No quieren tener nada que ver con ellos, no los tienen por conciudadanos. Con las cruces marcan la raya, que es la raya de la exclusión.

El ayuntamiento de Arenys de Munt va a multar a los que retiren símbolos golpistas de las calles de la localidad. De cien a doscientos euros, va la amenaza. El abuso, típicamente, se va a hacer en nombre de los sentimientos. La declaración supuestamente institucional –el PSC no ha estado a favor y rechaza que se denomine "institucional" a la cosa– dice lo siguiente sobre los que limpian de bilis las vías públicas: "Los tratan [a los lazos amarillos] como basura o un objeto repulsivo, obviando, vulnerando y atacando los sentimientos y el derecho de libertad de opinión y expresión de las personas, afectadas emocionalmente, que los han puesto". (Las cursivas son mías).

Los sentimientos. Dicho esto, suponen que está dicho todo. No hay más que inclinarse ante los sentimientos. Ante los suyos. No se les ocurre que las personas que retiran esos lazos tienen sentimientos y se sienten emocionalmente afectadas por la ocupación del espacio público por símbolos que representan la voluntad de pisotear (más) sus derechos y de quitarles su ciudadanía: la ciudadanía española. No entra en su sentimentalismo que tengan sentimientos esas "bestias con forma humana", que ha descrito tan minuciosa y repulsivamente Quim Torra.

Arenys de Munt tuvo sus minutos de fama en 2009. Allí empezó entonces el serial de los butifarréndum con una consulta ilegal –que se toleró– en la que participó el 41 por ciento del censo. Prácticamente todos los que votaron respondieron que sí a la pregunta retórica: "¿Está usted de acuerdo con que Cataluña se convierta en un Estado de Derecho independiente, democrático y social integrado en la Unión Europea?". Con esto y unas municipales en las que se abstuvo el 43 por ciento del censo, ya se considerarán avalados los concejales separatistas de Arenys para decir que las personas "que se sienten violentadas en sus sentimientos cuando se quitan los lazos amarillos" son allí "una gran mayoría". No son una gran mayoría, pero aunque lo fueran. No hay aval democrático para llenar el espacio público de símbolos políticos que les están diciendo a los que piensan y sienten distinto: vosotros, fuera, sois basura.

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