Menú
Cristina Losada

¿De todas las mujeres?

Todo es de manual. El activismo y la agitación que despliegan son, como en tantas ocasiones, instrumentos de intimidación.

Cristina Losada
0
Todo es de manual. El activismo y la agitación que despliegan son, como en tantas ocasiones, instrumentos de intimidación.
La ministra de Educación, Isabel Celaá, en la manifestación del domingo en Madrid | C.Jordá

Llegó el 8-M y, afortunadamente, pasó. Pasó, sobre todo, la avalancha de mensajes, anuncios, informes, reportajes y productos mediáticos de todo tipo destinados a hacer aparecer a sus promotores como fervientes entusiastas de la jornada: no vaya a decirse que hay alguien en España –alguna empresa, algún comercio, algún medio de comunicación, alguna Administración pública– que no está con las mujeres. Uno de los efectos perniciosos del modus operandi de la jornada en nuestro país, de la manera en que se celebra y publicita durante los últimos años, es que establece y consolida un sujeto abstracto que priva o pretende privar a las mujeres concretas de la posibilidad de no sentirse identificadas ni representadas por todo cuanto se origina en torno a este artefacto ideológico. Porque eso y no otra cosa es, entre nosotros, el 8-M.

El fervor ochoemista del Gobierno fue tan intenso este año que esperó a que se celebraran las manifestaciones para anunciar un "plan de choque" a fin de hacer frente a la expansión del coronavirus. No parece casualidad que el tono de emergencia se reservara precisamente para el día después de la jornada. Ello plantea graves preguntas sobre las prioridades gubernamentales. Porque en razón de la epidemia se han suspendido eventos que iban a concentrar a muchas personas, pero ¿suspender las manifestaciones del 8-M? Eso de ninguna manera. Se dijo que era una convocatoria "en la que normalmente participan nacionales", y que no era comparable a competiciones como la maratón de Barcelona, que se ha aplazado al próximo otoño. ¿En serio puede una autoridad sanitaria decir tales cosas? En todo caso, se apeló, ahí sí, a la responsabilidad individual. Y allá cada uno.

Pasó el 8-M y pasó lo acostumbrado. La comitiva de Ciudadanos fue abucheada y tuvo que abandonar la manifestación de Madrid. La del PP no tuvo que salir por piernas porque nadie se enteró, por lo visto, de su presencia. Fueron prácticamente de incógnito. Se ahorraron el mal trago. Pero ¿por qué ir a una marcha en la que sabes que no eres bienvenido? Precisemos: ¿por qué ir a una manifestación de la que sabes que te van a echar? La cuestión no es si vale la pena el ejercicio de masoquismo, que allá cada uno. La cuestión política relevante es que la querencia por asistir e integrarse se basa en la falsa idea de que esos actos del 8-M son de todas las mujeres. Así ayudan a legitimar el espejismo del sujeto abstracto. Así contribuyen a legitimar el objetivo político de quienes los definen, comandan y sustancian.

Es sintomático que los episodios de sectarismo se traten como episodios y no como el elemento central y definitorio que son. Es habitual que se diga que son incidentes lamentables que la causa de la mujer no merece. Pero ¿qué causa de la mujer? ¿Dónde está? Estamos ante algo bien distinto. Estamos ante la causa de ciertos grupos y partidos que, aun con diferencias, comparten un enfoque ideológico determinado, nada abierto ni transversal, y un proyecto de control y tutela. Un proyecto de poder. De imposición. De privación de autonomía. Un proyecto del cual se beneficia una minoría compuesta por los grupos o lobbies asociados: la cúpula política del movimiento.

Todo es de manual. El activismo y la agitación que despliegan son, como en tantas ocasiones, instrumentos de intimidación. No sirven, como querrán hacer creer, para intensificar la toma de conciencia sobre los problemas. Sirven para intimidar a quienes no se encuadran en el espacio delimitado por las consignas y los objetivos preestablecidos. Y todo esto funciona gracias al artificio de que se trata de la causa de la mujer. Artificio reforzado con la colaboración de la figura de siempre, la clásica, porque estas prácticas tienen historia, que no es otra que la del tonto útil. Pocas veces habrá habido tantos.

En España

    0
    comentarios

    Servicios