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Cristina Losada

¡Dejad de llamar a Putin!

No hay como invadir un país, destruirlo y cometer crímenes de guerra para que las democracias europeas quieran hablar con el responsable de la barbarie.

No hay como invadir un país, destruirlo y cometer crímenes de guerra para que las democracias europeas quieran hablar con el responsable de la barbarie.
El autócrata ruso Vladímir Putin. | EFE

El teléfono de Putin no para de sonar. Desde que invadió Ucrania, suena más que nunca. Y no le llaman compañías telefónicas con la última ganga. Le llaman jefes de Estado y de Gobierno. Continuamente. Presidentes y primeros ministros de democracias europeas descuelgan el teléfono un día y otro para tener una charla con el autócrata ruso. Es realmente asombroso el tráfico de llamadas que existe entre las cancillerías europeas y el despacho de un paria internacional.

Porque íbamos a hacer de Putin un paria internacional. Iba a ser un apestado y un indeseable con el que nadie decente querría tener ningún tipo de intercambio político, comercial, económico y cultural. Pero la manera de hacerle ver al apestado que es un apestado consiste en mantener con él largas conversaciones telefónicas. Una hora o una hora y media de charla con el indeseable está siendo el modo de hacerle percibir que se encuentra reprobado, condenado y aislado. Si Putin está aburrido en la soledad del poder absoluto, los gobernantes europeos le están proporcionando entretenimiento.

El último que descolgó el teléfono fue el presidente de Finlandia. Había que anunciarle que entran en la OTAN. Por si Putin no leyera las noticias. Pero el finlandés no es el más adicto a estas charlas telefónicas. El más enganchado es Macron. A mediados de marzo ya había tenido unas veinte horas de conversación con Putin, según cálculos de la agencia AFP, y desde entonces ha sumado algunas más. Scholz le ha llamado. Charles Michel le ha llamado. El canciller de Austria le ha llamado. Draghi le llamó en marzo, aunque no quiso repetir.

Algunos líderes europeos que han llamado a Putin dicen que lo hicieron porque alguien tenía que decirle la verdad. ¡Buen intento! Otros le llaman para ver cómo respira y evoluciona, para tomarle la temperatura y saber a qué atenerse. Unos para decirle la verdad y otros para oírla, algo aún menos probable. Pero, intenciones al margen, todas esas llamadas certifican que no hay como invadir un país, destruirlo y cometer crímenes de guerra para que las democracias europeas quieran hablar con el responsable de la barbarie. Cuanto peor se porta Putin, más solicitado está. ¿Quién lo entiende?

La primera ministra de Estonia, Kaja Kallas, puso el otro día el dedo en la contradicción entre las continuas llamadas a Putin y el propósito de aislarlo. ¿Cómo va a tomarse en serio que es un paria si no dejan de llamarle? Se le podrá reprochar un exceso de purismo, y recordar aquello de que hay que hablar hasta con el diablo si existe la posibilidad, aun mínima, de sacar alguna buena cosa. Las conversaciones con terroristas tiran mucho del argumento del diablo: es una argucia que gusta porque ofrece esperanza inmediata –una flor en el fusil– y elude decir lo que ocurre después. Después siempre es peor.

Los gobernantes europeos que llaman a Putin siguen tomando a Putin por lo que creían que era. O por lo que querían creer que era. Y no renuncian a la oportunidad. Confían en que un día alguno de ellos pueda colgar el teléfono y anunciar que ha conseguido la paz. Esos gobernantes quieren hacer crecer su estatura como estadistas, pero lo que están haciendo crecer es la estatura de Putin.

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