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El cerebro mínimo interprofesional

En Madrid, como en Atenas, y no en la de Pericles, hay una muchachada que pretende elevar el gamberrismo a protesta política y eso tiene pinta de ser un salto, pero un salto del torno civilizatorio.

Cristina Losada
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De toda la vida  ha habido gente que se cuela sin pagar. Listillos y gamberros por igual han practicado en el metro el salto del torno allí donde existen esas barreras que atestiguan la falta de confianza en el civismo del usuario. Pero en Madrid, como en Atenas, y no en la de Pericles, hay una muchachada que  pretende elevar el gamberrismo a protesta política y eso tiene pinta de ser un salto, pero un salto del torno civilizatorio. Lo que empezaron los antisistema griegos, prestos a ayudar a su país en su hora más aciaga dejando de pagar el  autobús, ha tenido su secuela en el metro de la capital. El “yo no pago”, que es lo mismo que “tú paga por mí”, irrumpió en Callao y se topó con las fuerzas de la ley. Como debe ser. Pues hay algo que los indignantes no quieren entender pese a su sencillez,  y es que las protestas también han de cumplir normas. ¿Normas, a mí?  Ellos hacen lo que les viene en gana.

El pretexto de los salteadores se ceba en una campaña publicitaria de la compañía. Qué vamos a hacerle, tampoco entienden la publicidad. Pero, en fin, a la evidencia de que el metro es más barato en Madrid que en otras ciudades del mundo, replicaron airados con el salario mínimo interprofesional. En España es más bajo, cierto. Como también es cierto que lo cobran pocos trabajadores, que el baremo para la prestación de ayudas sociales no es ése, sino el Indicador Público de Rentas Múltiples, y que hay países, muy prósperos ellos, donde los gobiernos no fijan salario mínimo. Puestos a comparar, háganlo, pongamos, con el sueldo medio. O con la calidad del servicio que se presta, a ver si el que denuestan no es uno de los mejores. Pero los pretextos siempre requieren de manipulaciones.

No es el precio, sin embargo, la cuestión. Aunque fuera el metro más caro del planeta, o se paga o no se entra. Porque puestos en el salto, se saltaron la ley y la ley es el fundamento de la convivencia. Lo otro, queridos niños, es la ley de la selva. Y ahí tienen compañía. En el flagrante incumplimiento han encontrado el guiño cómplice de dos partidos, los de Tomás Gómez y Caya Lara, dispuestos a aliarse con quienes les darían de patadas con tal de montarle bronca a Esperanza Aguirre. Se me ocurre una solución de compromiso. Venga, que les hagan un descuento. No por lo del salario mínimo, sino por el mínimo cerebro que demuestran.

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