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El dilema de VOX

¿Qué es más importante? ¿Poner fin al despotismo socialista andaluz o cuestionar las premisas ideológicas de la Ley contra la Violencia de Género?

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EFE

¿Qué es más importante? ¿Poner fin al despotismo socialista andaluz o cuestionar las premisas ideológicas de la Ley contra la Violencia de Género? ¿Acabar con la mitad de los chiringuitos políticos montados por el PSOE en sus más de treinta años al frente de la Junta o suprimir las subvenciones a los chiringuitos relacionados con aquella ley, versión andaluza? ¿Aceptar la investidura de un Gobierno de PP y Ciudadanos con un acuerdo del que se disiente y arriesgarse a quedar como unos blanditos o mantenerse firmes en el rechazo y arriesgar en una repetición electoral? En lo inmediato, el dilema de VOX en Andalucía está, aproximadamente, en esos términos. Y, como suele ocurrir en la política real, ninguna de las salidas es satisfactoria.

Si VOX no vota la investidura del bipartido PP-Cs, con un acuerdo y unas formas que incumplen sus aspiraciones, el resultado es que se habrá dejado pasar una oportunidad inédita para desalojar al PSOE del Gobierno de Andalucía. Y esto, cuando no hay garantía alguna de que unas segundas elecciones vayan a traer, de nuevo, la ocasión. Alguna experiencia tenemos de repeticiones electorales, a nivel autonómico en la época del bipartidismo y a nivel nacional ya en tiempos de la fragmentación. Son estas últimas las que pueden servir de guía: la repetición fue más favorable a los partidos grandes que a los pequeños. Porque se vota en función de muchos factores, pero también pensando en qué es más útil para formar Gobierno. Y no se descarte que el partido más votado en las andaluzas atraiga entonces a las urnas a parte de sus abstencionistas con el anzuelo de evitar que gobierne la derecha. Se ha usado mil veces, pero aún funciona.

Más allá de lo inmediato, el dilema se difumina: desaparece. La operación de investidura no agota el recorrido de un partido que vota a favor pero va a estar en la oposición. Desde ahí puede seguir presentando sus propuestas, y con mayor capacidad de presión cuanto más necesarios sean sus votos durante la legislatura. De modo que VOX, en Andalucía, no tendría por qué estar eligiendo ahora entre susto o muerte. En realidad, su postura actual parece una revuelta contra la decisión de Ciudadanos de vetar cualquier negociación o contacto directos. Es una réplica al "desprecio". El problema es que si el veto persiste, y tiene pinta de que va a persistir, no hay más que esto: o VOX traga el sapo en aras del objetivo de renovar el Gobierno y mejorar las instituciones o aboca a la repetición electoral, con los riesgos que implica.

La elección de la violencia de género como principal punto de discordia con el acuerdo PP-Cs es para algunos un gran acierto. Por fin, dicen, hay un partido que se enfrenta a los dogmas de la izquierda sin concesiones, y que deja en evidencia a los partidos de derecha y centro que los asumen. Pero la política no es tanto lo que es como lo que parece. Los que creen que los ataques mediáticos no hacen más que favorecer a VOX están pensando en los ya convencidos, que así se reafirman, y en el modelo Trump: el candidato que ganó contra los medios de izquierdas. Lo que olvidan es que Trump no hizo la guerra contra los medios progresistas en solitario. Dispuso de una activa red de medios afines y tuvo detrás, finalmente, a un partido tan potente como el republicano. Aunque lo esencial es otra cosa. A VOX se le identificaba como un partido que ponía todo su empeño en la defensa de España. Ahora se le identifica como un partido cuya prioridad es derogar la Ley contra la Violencia de Género. Dudo mucho de que haya salido ganando con este cambio de imagen que, lo quieran o no –ahí están los medios–, ya se ha producido.

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