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Cristina Losada

El Estado seductor

El 'relato' separatista no habría 'seducido' ni a la mitad si no hubiera tenido a su disposición dos instrumentos fundamentales: poder y dinero.

Cristina Losada
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Cristina Losada - El Estado seductor
Roger Torrent, en una imagen de archivo | EFE

Los separatistas quieren que el Estado los seduzca. Qué improbable. Pero éste es el mensaje que ha llevado Roger Torrent a Madrid, seguramente con la intención de que alguien lo crea. Siempre hay crédulos donde los ha habido. Siempre conviene decir algo que la gente quiere oír, y la demanda de seducción es, como el corazoncito de Twitter y los vídeos de mascotas, un buen transmisor del calor afectivo, aunque sea, como éste, de bote.

El presidente del Parlamento catalán, militante de Esquerra Republicana, exhibió esa perplejidad afectada del independentismo ante el comportamiento del Estado, ente abstracto e impersonal que oponen a su cálido y afectivo nosotros, con estas palabras: "Frente a la voluntad de convertirnos en una república independiente, lo razonable es que el Estado respondiese con un intento de seducción". Y hay que ver cómo respondió el bruto. En lugar de mandar a una colección de donjuanes para seducir a los insurrectos, envió hobbesianamente a la Guardia Civil, aplicó constitucionalmente la coerción federal del 155 y procesó, vía judicial, a docena y media de hombres y mujeres. El restablecimiento de la ley es lo que un separatista llama represión.

No puede decirse que sea novedad este intento de seducir con la seducción. Lo extraordinario es que pueda haber gente asintiendo, hasta emocionada, a eso de "seducidnos, pero no nos reprimáis", y tragando la amenaza subsiguiente: "Si nos reprimís, seremos muchos más". Pero debe de haberla. Si no, no estarían vendiendo esta tinta de calamar los especialistas en trapicheos entre la política y los sentimientos. Lo que ocurre, y esto es lo extraño del caso, es que la demanda seductora conecta con una idea que ha ido cobrando fuerza en el campo constitucionalista desde los hechos del 1-O. Es la idea de que unos tienen relato y otros no. Que ellos, los separatistas, tienen relato, y un relato que seduce, y, en cambio, los constitucionalistas van desnudos, con la ley en la mano y nada más.

La existencia de dos millones de creyentes independentistas viene a ser, para esa idea, la prueba de que el relato, en efecto, existe. Pero creer que dos millones de personas, o las que sean, se suman a un proyecto político de esas características porque han creído un relato, porque las ha seducido, porque las arrastra la fuerza pura de la convicción, es creer demasiado en los poderes de la narración. Esa gente también tiene que comer. Quien dice comer dice vivir. Y vivir bien. Que esto es el separatismo de los ricos.

El relato separatista no habría seducido ni a la mitad si no hubiera tenido a su disposición dos instrumentos fundamentales: poder y dinero. Sin el poder autonómico, la fuerza de persuasión se debilita. Sin la chequera siempre dispuesta, el relato pierde brillo seductor. ¡Pero si a los primeros a los que hay que pagar es a los fabricantes del relato! Y eso se hizo. Todo eso se ha ido haciendo a la vista de todos. Desde Pujol. Mientras el Estado, no bruto, pero ciego, entregaba nuevos poderes, dejaba hacer y se retiraba. El Estado seducido. Exactamente el que desean los que coquetean pidiendo, cada tanto, un intento de seducción.

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