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Cristina Losada

El hechizo dialogante

Sánchez no es un 'iluminado', como lo fue Zapatero, pero su inagotable oportunismo, acentuado por la necesidad, le lleva a laberintos similares.

Cristina Losada
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Sánchez no es un 'iluminado', como lo fue Zapatero, pero su inagotable oportunismo, acentuado por la necesidad, le lleva a laberintos similares.
EFE

Ahora que vuelve el diálogo, hay que volver. Hay que volver a repasar qué ocurrió cuando, hace más de diez años, el diálogo fue el ardid de la intoxicación. Porque el diálogo, esa criatura que parece tan inofensiva como un peluche, no siempre es lo que parece. Nunca lo es cuando al otro lado está el chantaje. Es por eso muy oportuno el reciente manifiesto del Foro de Profesores llamado "Derecho a presionar" o el "conflicto" como extorsión, firmado por intelectuales y académicos, en réplica a una Petición pública en favor de una negociación política sobre Cataluña. Porque expone con una claridad inusual los hechos y las razones por los que ese dulce canto de sirena debe de ser desoído.

Cuesta. Cuesta desoirlo, porque cuando suena "diálogo" hay como un repicar de campanillas que despierta los sueños y sume en el torpor. El sueño: vamos a arreglar ese problema. Sentémonos, que no hay mal en ello, cómo va a haberlo, y veamos qué se puede hacer. Hablando se entiende la gente. Ahí están, siempre están las encuestas, para bendecir y extender el sueño. El CEO, centro de estudios de opinión de la Generalidad catalana, acaba de colocar una en el escaparate. Con un lacito dialogante. Titular a voleo: "El 68% de españoles apuesta por solucionar el conflicto catalán con diálogo". Otro: "El 68% de los españoles apuestan por el diálogo con Catalunya frente al 23% que prefieren mano dura".

Mano dura. Qué barbaridad. Para que se piense eso –qué barbaridad–, ponen "mano dura" y no, por ejemplo, "firmeza democrática". Dice el CEO, esto es, el Gobierno separatista catalán, que ha hecho el sondeo en toda España –y no en su campo de trabajo habitual– porque el CIS ya no formula preguntas sobre la situación catalana. Pero el CIS formuló preguntas sobre la situación catalana en su barómetro de enero de este año. Y las hizo precisamente, muy precisamente, con el sesgo en cuestión. El mismo. O diálogo o mano dura. ¿Qué prefiere usted? Piénselo bien, porque si dice "diálogo" será usted persona civilizada, tolerante, demócrata y buena gente. Pero si quiere mano dura, va a ser un autoritario, un intransigente, mala persona y posiblemente –no, ¡seguro!– un facha. Así se cocina la opinión, así se forja el talismán del diálogo, así se alimenta el sueño. Y el torpor, el letargo.

Lo hizo el Gobierno de Zapatero para que la caricia del diálogo suavizara el significado de una negociación política con una organización terrorista como la ETA. Y sus efectos. Todo es centrar la atención en la inocencia del procedimiento –sentarse a hablar–, crear la ilusión de que hay una solución –solución dialogada– y dejar que el brillo ilusionante oculte en las sombras el precio. Cuando un "conflicto" ya es conflicto, cuando pesa y molesta, cuando resulta insoportable, ¿cuántos no querrán que se haga algo para que se apacigüe? Es exactamente lo que tienen en mente los que engordan el "conflicto" día a día. En aquellos años de los que nadie quiere acordarse, también las encuestas arrojaban mayorías dispuestas al diálogo. Aunque preguntadas por cesiones concretas (presos, cuestiones políticas), las mayorías encogían sensiblemente. La contradicción: sí a negociar, no a ceder. Sí a la ilusión, no a sus efectos.

Sánchez no es un iluminado, como lo fue Zapatero, pero su inagotable oportunismo, acentuado por la necesidad, le lleva a laberintos similares. Ya intentó, en su gobierno de la moción de censura, regresar al Estatut anterior a la sentencia del Constitucional, otra obra de la época zapateril. Ya hizo suyo lo de de Pedralbes. Ya sentaba al relator. Y dio marcha atrás. Pero ha vuelto a internarse. Vuelta al dédalo del diálogo talismán. Con Iceta de guía, ya se sabe dónde para todo esto. Sólo Esquerra, decidida a exhibir su exceso de apetito, puede acabar hundiendo la mesa.

Vuelve el diálogo, vuelve la ilusión. A fin de romper el hechizo, para evitar el torpor, habrá que decir, explicar y exponer cuantas veces haga falta esto que declaraba el manifiesto del Foro de Profesores:

(...) los abajo firmantes no reconocemos la existencia de ningún "conflicto" ni admitimos ningún ámbito legítimo de negociación que no sea el Parlamento catalán o el Congreso, y siempre dentro de los cauces democráticos prescritos por nuestra Constitución. Cualquier mesa extraparlamentaria o negociación política bilateral sería una claudicación del Estado de Derecho a la que ningún Gobierno puede ceder.

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