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Cristina Losada

El mito español y la realidad alemana

En España, al consenso se le hacen ofrendas muy sentidas, como se le llevan flores a una estatua.

Cristina Losada
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En España, al consenso se le hacen ofrendas muy sentidas, como se le llevan flores a una estatua.

Se dice siempre, desde la Transición, que el consenso es valor muy apreciado por los españoles. Si hacen falta pruebas, un sinfín de encuestas demuestra que no hay nada que desee más la gente que los partidos dejen a un lado sus diferencias y hagan piña por el interés general. Yo misma he creído por mucho tiempo en la sinceridad del amor por el consenso de los españoles. Incluso alguna vez lo he lamentado, porque el desacuerdo y las alternativas son la sal de la democracia. Porque el consenso ha fabricado muchas mercancías políticas averiadas. Y porque el consenso por el consenso es una filfa.

Pero he dejado de creer. El deseo de consenso en España es un deseo abstracto. La prueba, la contraprueba a las seráficas intenciones que recogen los sondeos, está en cuán pocas veces cristaliza un consenso que valga la pena. Dicho de otra forma, cuando más necesario ha sido un acuerdo entre los dos grandes partidos, no ha habido nada. Por poner dos ejemplos calientes, no lo ha habido para hacer frente ni a la crisis ni a los desafíos separatistas. Sí, en cambio, para designar, de un modo que vulnera el mandato constitucional, el gobierno de los jueces. Los partidos se ponen de acuerdo en lo que les conviene, cierto, pero esto no agota la cuestión.

He ahí, como contraste, el caso de Alemania. De nuevo, los dos grandes partidos, CDU y SPD, conservadores y socialdemócratas, forman una gran coalición: van a gobernar juntos. Por si alguien sospechara que es puro manejo de las cúpulas partidarias, el acuerdo cuenta con la aprobación de una amplísima mayoría de las bases del SPD. Ello a pesar de que había recibido en sus filas a un montón de nuevos miembros que se apuntaron sólo para poder votar en contra de la coalición.

¿Cuál es entonces el secreto? El secreto de la relativa facilidad con que partidos de distinta ideología se alían para gobernar juntos en Alemania son los alemanes. Entre ellos el deseo de consenso no es sólo declarativo. Y si un partido gana las elecciones sin obtener mayoría absoluta les parece mejor, casi obligado, que gobierne con el apoyo del segundo en votos. No están bien vistas las coaliciones de perdedores. La querencia por el consenso en la sociedad alemana ejerce una presión que los partidos no pueden desdeñar sin un coste político y electoral.

Entre nosotros, el famoso y celebrado consenso de la Transición duró lo justo para alimentar el mito. Enseguida se pusieron a darle palos a Suárez hasta que dimitió. Nuestro alto grado de confrontación política, el esfuerzo de los partidos por extremar y radicalizar sus diferencias, son indicativos. Salvo que los tomemos por tontos, los partidos no se conducirían de tal modo si pensaran que el fragor de la pelea les quita votos. Piensan, y me temo que no se equivocan, que se los da. Al tiempo, todos ellos se declaran muy dialogantes: rinden culto al mito. La realidad es otra. En España, al consenso se le hacen ofrendas muy sentidas, como se le llevan flores a una estatua. Es una liturgia. Nada más.

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