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Cristina Losada

El ocaso de los dioses

Es la paradoja de la exhibición del poderoso detenido como un delincuente más: desplaza el foco de lo que ha hecho el exhibido al por qué se lo han hecho.

Cristina Losada
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Es instructivo repasar ahora lo que sucedió en las jornadas siguientes al sábado 14 de mayo de 2011, fecha en que el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, fue detenido por agentes de la Port Authority de Nueva York en un avión que estaba a punto de despegar hacia París, acusado del intento de violación de la camarera de un hotel. El recuerdo de aquel episodio sobrevolaba estos días el territorio periodístico español, pero se posaba sólo en el mobiliario: en que dos hombres que ocuparon el mismo despacho acabaran esposados o acogotados, aun por muy diferentes causas, por un agente de la autoridad.

Lo interesante, sin embargo, ocurrió fuera del perp walk, del paseo de un sospechoso recién detenido ante las cámaras y los periodistas, aunque todo girara a su alrededor. Porque la detención (o la imputación o el procesamiento) de un personaje relevante es un perp walk salga o no salga retratado en la pose del delincuente: su caso nunca será o nunca parecerá como el de cualquier delincuente. Así, lo primero que levantó lo de Strauss-Kahn en su propio país fue un clamor contra el trato dispensado por la policía americana y una sospecha de mano negra. A fin de cuentas, el detenido iba a ser con casi absoluta seguridad el candidato del Partido Socialista francés a las presidenciales.

Buena parte de la clase política francesa, igual que de la periodística, se adhirió a la tesis de la trampa. "Mientras las circunstancias precisas del arresto del director del FMI por agresión sexual aún no se conocen, algunos no dudan en hablar de una trampa", era el resumen que daba Le Nouvel Observateur del estado de opinión a los cuatro días del asunto, cuando lo esencial de las circunstancias ya se habían expuesto en rueda de prensa de los portavoces del Departamento de Policía de Nueva York.

¿Una trampa puesta por quién? Esa era la cuestión en la que el mundillo político y mediático francés se engolfó, y muy bien acompañado por el público. Un sondeo mostró entonces que un 57% de los franceses pensaban que DSK era víctima de un complot, frente a un 33% que no lo creían. Y en Twitter, por supuesto, el porcentaje de creyentes aún fue mayor.

La trampa y el complot, el complot para la trampa, cabalgaron a lomos de figuras prestigiosas. El filósofo Bernard-Henri Lévy se preguntó, en columna célebre, cómo era posible que una empleada de la limpieza hubiera entrado sola en la habitación de una de las personas más vigiladas del planeta. Y aunque él no llegó a ponerlo negro sobre blanco, otros se aprestaron a sugerir quién era el monsieur X de la operación. Pues, ¿quién podía beneficiarse más de la muerte política de DSK que Nicolás Sarkozy?

El diario Le Monde publicó que en los meses anteriores, "a medida que DSK progresaba en los sondeos", "hombres de confianza del jefe del Estado francés se jactaron ante periodistas" de tener información que comprometía a su probable rival. Y decía que era "una realidad que Sarkozy conoce la vida privada de las personalidades susceptibles de representar un peligro electoral" desde su paso por el Ministerio del Interior. Dos y dos son cuatro, y esto era sota, caballo y rey. Hay que decir que todo aquel íntimo conocimiento, si lo tenía, no le sirvió a Sarko para ganar las elecciones siguientes, un hecho, claro, que no retiró del escenario el complot. Es personaje que da mucho juego y aún lo seguía dando cuando empezó este febrero el juicio a DSK por proxenetismo.

Todo esto -el complot, la mano negra- representa, en fin, la otra cara del perp walk de quien ha tenido o tuvo poder. La cara ventajosa. Porque transita de presunto culpable a probable víctima: a pieza en el juego de poder de otros. Es la paradoja de la exhibición del poderoso detenido como un delincuente más: desplaza el foco de lo que ha hecho el exhibido al por qué se lo han hecho. El por qué y quién en lugar del qué. La pendiente resbaladiza.

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